miércoles, 11 de noviembre de 2009

Hoy temprano




- Buenos días, don Rómulo
- Hola, hija. Buenos días.
- ¿Cómo pasó la noche?
- Bien, bien, querida. Gracias.
- ¿Ya le trajeron el desayuno?
- Sí, se lo acaban de llevar.
- ¿Tiene calor? Está un poco alta la calefacción.
- No, no. Así estoy bien.
- ¿Qué quiere, don Rómulo? ¿Le alcanzo algo?
- Sí, por acá dejé un libro.
- ¿Dónde? Dígame, no se mueva tanto a ver si se cae de la cama.
- Debe estar arriba de la mesa de luz, o de la cómoda.
- ¿Este? ¿”Hoy temprano”?
- Ese mismo.
- ¿Qué quiere, que le lea?
- Sí, por favor.
- Pero, ¿no prefiere esperar a Paloma?
- No, quiero me leas vos.
- Ay, don Rómulo. Paloma se va a enojar después, ¿o no la conoce todavía?
- Hoy es un día especial, y quiero que me leas vos.
- ¿Por qué es un día especial?
- Porque es día de visita. Y viene una muy especial. Aparte Paloma no siente lo que lee, no se concentra. Yo me doy cuenta de todo, aunque no pueda ver.
- Ah, ¿sí? Y, ¿qué ve ahora?
- Que estoy en un cuarto con una hermosa chica al costado de mi cama, dispuesta a hacerme un favor. ¿Qué otra cosa puedo pedir? Ya puedo morir en paz.
- Don Rómulo, usted es todo un galán.
- ¿Qué te parece? Estuve casado durante cincuenta y dos años con la misma mujer, y no pasó un día sin que le trajera flores después del trabajo.
- ¿Cómo se llamaba su esposa?
- Amapola.
- ¡Qué lindo nombre! Amapola.
- Yo le decía “mi muma”, pero eso es algo que no tenés que decir a nadie.
- Soy una tumba, se lo juro. ¿Se siente bien, don Rómulo?
- Sí, estoy bien. Y, ¿vos?
- Yo estoy bien
- No, si vos tenés un “mumo”.
- Yo no tengo un “mumo”, por el momento.
- Y, ¿qué esperás?
- ¿Está cómodo, don Rómulo? ¿No tiene calor con la calefacción tan alta?
- No te preocupes por mí, yo estoy bien. Quiero escucharte a vos.
- ¿Qué le puedo decir? Estoy bien así, sola.
- Mirá: nosotros somos 8 hermanos. El menor, Simón, es el único que está solo. Y dejame que te diga una cosa: a cierta edad, si uno llega a su casa y no tiene nadie con quién compartir ni una comida calentita, se vuelve un amargado. Como mi hermano, Simón.
- Bueno, yo creo que todavía estoy a tiempo de no convertirme en una vieja amargada.
- “Afortunado es el hombre que tiene tiempo para esperar”
[1]. Bueno, ¿empezamos?
- ¿Qué cosa?
- La lectura. En cualquier momento aparece mi visita.
- Ah, sí, claro. ¿En qué página?
- En la que esté marcada.
- Pero no hay ninguna página marcada.
- Ay, esta chica. ¿Ves que no se concentra?
- Bueno, no se preocupe, don Rómulo. ¿Seguro se siente bien? ¿Quiere que llame a las chicas?
- No, no. Estoy bien. Me duele un poco el pecho, debe ser la posición.
- Le acomodo un poco la almohada, a ver… Permítame. ¿Ahí está mejor?
- Sí, mucho mejor, gracias.
- Bueno, déjeme ver el libro… ¿Será que la marca es ésta esta foto?
- ¿Qué foto?
- Una, de un hombre… Su hijo, supongo.
- Ah, la foto de Ícaro, mi hijo menor.
- ¿Cuántos hijos tiene, don Rómulo?
- 5 hijos. Y 15 nietos. Prolija proporción.
- Así parece.
- Guardá la foto y decime qué te acordás.
- ¿Cómo qué me acuerdo?
- Sí, lo que te acuerdes. Yo hace 4 años que vi esa foto por última vez, y me acuerdo bien.
- A ver. Es alto, pelirrojo, está subido a una tranquera.
- No me digas qué viste. Decime qué te acordás.
- No entiendo.
- ¿Qué te acordás?
- De mi marido, me acuerdo.
- Seguí.
- Tenía 32 años.
- ¿Y?
- Y, nada. ¿Qué quiere que le diga?
- Lo que quieras.
- Tenía olor a lavanda.
- ¿Por qué?
- Porque las cortaba, y las metía en el cenicero del auto para que dieran olor. Ese día había llenado hasta el tanque con lavanda.
- ¿Qué día?
- El del accidente. Cuando llegué al lugar, había olor a lavanda por todos lados.
- ¿Hace cuánto de esto?
- 11 meses.
- ¿Tuvieron chicos?
- No.
- Osea que estás sola.
- Sola como un perro.
- Pensé que estabas bien así.
- ¿Por qué?
- Porque lo dijiste hace cinco minutos
- Ah, sí. Es verdad.
- Entonces, ¿te gusta o no estar sola?
- A usted, ¿le gusta?
- Yo no estoy solo.
- Eso es muy bueno, don Rómulo.
- La soledad no es algo malo, Eva.
- Bueno, en eso no sé si coincido.
- ¿Por qué no?
- No sé. No me parece que sea algo bueno. Al revés. Es triste.
- ¿Sabés lo que es la soledad? Nada menos que encontrar compañía en uno mismo. ¿Te parece que algo así puede ser triste?
- Es verdad, no lo había visto de esa forma…
- ¿Empezamos?
- ¿Qué cosa?
- La lectura.
- Ah, sí. Cierto. ¿Dónde, entonces?
- Donde estaba la foto.
- Ok. Página 31.
- La luz
- ¿Cómo?
- El 31, la luz
- No sabía.
- Cuando trabajaba en el taller, tenía la costumbre de empezar un mueble especial cada 31. Osea que hacía 7 muebles especiales al año. Esos 7 muebles, los regalaba.
- ¿A qué se dedicaba usted, don Rómulo?
- Era ebanista.
- Y, ¿por qué el 31?
- Porque la luz ilumina. Y yo puedo jurarte que cada 31 estaba especialmente inspirado. Cada uno de esos muebles parecía haber estado siempre en la madera.
- Qué lindo lo que cuenta.
- Más lindos eran mis muebles. Esa cómoda la hice yo.
- ¿De verdad?
- De verdad
- ¡Increíble! Pero no la regaló.
- Sí, me la regalé a mí mismo.
- Y, ¿por qué?
- Porque la hice cuando ya estaba ciego. Y es la que menos tiempo me tomó. Nació solita.
- "Siempre estuvo en la madera".
- Exactamente, vos lo dijiste. Ay, mi brazo…
- ¿Qué pasa? No me asuste. ¿Está bien?
- Sí, estoy bien. Y no te asustes tanto, nena. Trabajás llena de viejos, ¿o no te diste cuenta?
- Bueno, todavía no me acostumbro y me asusto igual. Si quiere, dejamos la lectura para más tarde.
- No, no. Que no tenemos mucho tiempo. Ya debe estar llegando mi visita.
- ¿No me va a decir quién?
- No. Todavía no. Ya vas a ver.
- Qué lindo dejar algo en el mundo. Más allá de la familia, quiero decir.
- Lo importante no es dejar cosas, sino recuerdos. Uno, aunque sea. Como el de las lavandas.
- No es el único recuerdo que tengo de él
- Pero es el primero que recordaste
- ¿Usted que recuerda de su mujer?
- Que antes de acostarse se sentaba en un toillete que le hice especialmente para nuestro casamiento, y se peinaba con un cepillo de esos bien gruesos, de esos que se usaban antes. Yo podía verla desde la cama, y le veía la espalda, pero como el espejo le reflejaba la cara, podía ver que murmuraba.
- Y, ¿qué murmuraba?
- Eso es algo que se llevó a la tumba.
- Bueno, puede pedirle que se lo confiese cuando vuelva a verla.
- Cuando vuelva a verla no voy a pedirle nada.
- ¿Por qué no?
- Porque voy a estar muerto. ¿Para qué andar con reclamos?
- Sí, puede ser.
- ¿Vos tenés algo que preguntarle?
- ¿A quién?
- A tu marido.
- Sí, muchas cosas.
- Dejame decirte algo: cuando lo veas, no te van a importar.
- ¿Por qué no? Uno sabe todo cuando está muerto.
- ¿Quién te dijo ese disparate?
- Nadie. Me lo imagino.
- ¿Vos creés que te volvés como Dios, que sabe todo?
- Sí, algo así.
- Interesante.
- Yo creo que cuando una persona se muere, conoce todas las respuestas.
- Ajá… Si vas a saberte todas las respuestas, ¿qué es eso que vas a querer preguntarle a tu marido? Si me permitís, a mí me parece que la que necesita responderse muchas cosas sos vos, no él.
- Yo no soy la que se fue.
- Él no se fue a ningún lado, hija. Se murió.
- Es lo mismo.
- No. El que se va, se aleja. El que se muere, está más cerca que nunca.
- Yo no lo siento cerca.
- Eso no significa que no lo esté.
- No sé…
- Mirá, hija, no tiene sentido esperar la muerte como un camino que nos lleva a la reconciliación. Vos necesitás hacer las paces mientras estés viva.
- Pero yo no necesito hacer las paces con mi marido.
- Con él, no. Me refería a hacer las paces con vos misma ¿Empezamos?
- Sí, la lectura. “Durmieron en Stow, en un bed and breakfast cerca de la ruta. Ella habló durante todo el viaje, sobre su infancia en Norteamérica, sobre su reciente lectura de los ritos funerarios de los indios Sioux, aconsejándole a Walbright algunos cambios en su conferencia, relacionando la mitología griega a las divinidades indígenas; habló sobre la muerte, sobre cómo desearía ser cremada y que arrojaran sus cenizas al mar. Walbright no interfería.
- ¿Usted qué preferiría, ser enterrado o cremado?
- Preferiría morir de muerte natural
- Me refería a después de eso.
- Ya sé, era un chiste
- ¿Entonces?
- Los muertos están muertos y, por lo tanto, creo que
no tienen derecho a andar con exigencias”. ¡Don Rómulo, qué texto!... Don Rómulo…
- Permiso.
- Ah, sí. Pasá, Amadeo.
- Busco a Paloma.
- No llegó todavía.
- Ah, bueno. Y, ¿don Rómulo? Ya deberían llevarlo a cortarse el pelo.
- Se quedó dormido.
- Ah… está bien. Che, qué olor que hay acá.
- ¿A qué?
- No sé, a flores. A lavanda.
- No siento nada yo.
- Bueno, me voy.
- Sí. Dejálo… Estaba medio dolorido, pobre. Habría que decirles a las chicas de adelante que lo chequeen cuando se levante. ¿Cuándo empieza el horario de visita?
- Hoy no es día de visita, Eva.
- Ah, claro… Hoy es martes. Pero, qué raro…
- ¿Qué cosa?
- No, nada. Andá tranquilo, Amadeíto. Yo voy a cerrarle las cortinas y voy.
- No se las cierres. A eso venía, a avisarle a Paloma que hoy es 31.
- Y, ¿qué tiene?
- Le gusta que haya luz todo el día en el cuarto. No sé, alguna cábala, supongo

[1] Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) Dramaturgo y poeta español.

jueves, 3 de septiembre de 2009

LA LEYENDA DEL PEZ NIÑO

INSPIRADO EN LA NOVELA DE LUCÍA PUENZO




Dicen
que en el Lago Ypacaraí, en Paraguay,
existe una criatura mítica que vive en sus aguas,
y que acompaña en su viaje final
a los ahogados.






Seguramente no recordás los secretos que se esconden en el agua. Cómo se mezclan la luz, el sonido, sus habitantes. La vida. Todo es parte de lo mismo.
No recordás, porque te sacaron y nunca más te dejaron volver. Te arrancaron a pesar de que gritabas con todas tus fuerzas, mientras tus pulmones se secaban por el aire áspero que se apuró a invadir territorio virgen. Gritabas de frío y miedo. Porque en la superficie, la luz quema los ojos. Vos no recordás. Te forzaron a acostumbrarte, a volverte dependiente del aire y lo que hay más allá. Yo sé lo que es vivir pegado a la tierra como vivís vos. Incluso cuando se mueren, los obligan a volverse parte de ella. La profundidad de la tierra. La oscuridad y el silencio absolutos. La soledad en su estado más puro.
En mi profundidad, ella te contiene y te abraza y entonces sos más liviano. No distingue castas ni apariencias porque es justa y nos acoge a todos por igual. Es como una mujer que, por instinto, envuelve lo que apoyen en sus brazos. Y lo mece en un balanceo incesante, mientras lo arrulla. Porque el agua canta canciones. Murmura en un espacio que parece mudo pero es una conjugación melódica de sonidos que armonizan el alma. Por algo, ustedes y su eterna fascinación por el canto de las sirenas.
Alguna vez yo también fui como vos. Prisionero de la gravedad. Condenado a dar un paso tras otro para poder avanzar. Si no, te volvés inútil, ¿no es cierto? Un sedentario en un mundo de piernas que marchan y se abren paso sin mirar lo que aplastan. En mi profundidad, las aletas no son como las alas: el que las tiene, las disfruta; y el que no, mira con envidia. En mi profundidad, el agua no te suelta nunca. No hay límites, y no se distingue claramente dónde termina uno y dónde empieza esa pureza líquida y tan clara que se mezcla con las lágrimas de los que quieren gritar aire y no pueden, y largan lo poco que queda en sus pulmones, entonces no se sabe bien si lo que quiere salir a la superficie es el que cae, o las burbujas que se apresuran a elevarse como si fueran a morir si no lo hacen.
En mi profundidad, hasta la luz se filtra con respeto. Pide permiso y entonces entra. Blanda. Ligera. Se refleja con delicadeza sobre todo lo que toca, como una caricia tibia. La claridad de lo profundo.
Cuando era como vos lloré durante mucho tiempo por volver. Entonces, esa misma fuente que me sostuvo vivo en su interior, me devolvió. Supo siempre que debía regresarme a la calma de la que me sacaron. Así que me llevó al muelle y me cantó.

“Jasy opurahei cheve...
ha che a puraheí ndeve...
eke hagua.... che kunu-u mime...
eke hagua.... che kunu-u mime....” [1]

Y me liberó. Caí. Me sumergí y me sumergí sin pausas. El agua me recibió y me abrazó enseguida. Nos volvimos una sola cosa. Primero quise gritar y, cuando abrí la boca y aspiré, sentí su calidez y su suavidad entrándome al cuerpo. No me mires así. Es cierto. Al principio es raro, pero después se transforma en algo mágico.
Yo puedo llevarte, si me sacas de acá. Te voy a ayudar a caer, igual que caí yo. Y enseguida vas a recordar lo que era vivir en ella. ¿Qué te parece? Pero no tenés que decir nada. Nadie va a entender. Y si cumplís, prometo acompañarte hasta la profundidad, como hice tantas veces con los que cayeron. Los acompaño a la serenidad que alguna vez los contuvo. Porque mi profundidad es el vientre del mundo. Es el principio de todo lo que existe. Yo me acerco y los llevo de la mano hasta donde ya no hay más agua. Porque no todos pueden vivir de ella. El agua es para los que nunca pudimos olvidarla.

Silvestre, de pie en el muelle, observa su pelota roja y al extraño pez que nada alrededor de ella. El cielo está cubierto de un blanco grisáceo, y una brisa con olor a lluvia hace sonar las hojas del viejo sauce llorón, que deja caer algunas ramas sobre el agua.
- ¡Silvestre!- grita su padre desde la puerta trasera de la casa. El nene se voltea a mirarlo - ¡Si venís conmigo, te espero en el auto; sino me voy!
Silvestre se voltea y, mirando al pez, sonríe.

[1] Canto guaraní. Traducido al español dice:

“La luna me cantó a mí.....
y yo te cantó a tí....
para que puedas dormir....bajo mi arrullo
para que puedas dormir....bajo mi arrullo”

miércoles, 10 de junio de 2009

La Nostalgia de la Boca Muda

Cuento seleccionado por el escritor Guillermo Martínez, autor de "Crímenes Imperceptibles", como uno de los tres mejores cuentos presentados en el taller que dictó en Julio de 2008, en el MALBA.

Empiezo a preparar el desayuno y la primera serie de medicamentos: Alplax para el Alzheimer de la Mutter
[1], y Gefitinib para el cáncer del Viejo. Mientras trituro las pastillas, siento una punzada en la mano derecha. La vejez ha comenzado a acomodarse en los rincones de mi cuerpo. “Ya te va a llegar”, solía repetirme mamá cada vez que me reía de sus constantes quejas sobre alguna nueva dolencia física. Con todo, lograba envejecer con elegancia. Nadie hubiera podido adivinar su edad. “Es por mi ascendencia alemana”, solía decir cada vez que alguien la alababa. Jamás quiso reconocer que papá era casi diez años menor. A ella sólo le importó retener la juventud en su cuerpo. Sin embargo, nunca fue vulgar en sus métodos. Pero yo, desafortunadamente, envejezco a los tumbos. “Vos herredaste los rasgos españoles de tu papá”, solía decir.

Hago pausas sólo para cocinar, lavar y limpiar. Ya no tengo tiempo para nada que no sea atenderlos. Para hacer las compras le pido a mi vecina, Matilda, que se quede con ellos un rato. Llega con ganas de conversar sobre su gata Antígona, que es más vieja que todo Villa Harding Green y está más enferma que mis padres. No sé porqué se empecina en mantenerla viva. Esa no es vida, ni siquiera para un animal.
- No aparezcas por el dormitorio por nada en el mundo- la interrumpo- Y mucho menos se te ocurra correr el biombo -. Matilda asiente con cara de fastidio.

En el camino de regreso compro el diario para leerle a papá. Casi no habla, el cáncer de boca tiene eso. Pero aún así se las ingenia para indicarme lo que necesita, y una de esas cosas es no perder contacto con lo que pasa fuera de esas cuatro paredes en las que se ha transformado su mundo. En nuestros ratos a solas, trato de recordar el timbre de su voz. Lo que más le gusta es que le hable de Inés. Yo siempre quise ser como Inés. Nunca me gustó parecerme a papá: débil y lleno de inseguridades. Inés, en cambio, siempre sabía lo que quería, y sabía qué hacer al respecto. Igual que mamá, para qué negarlo. Inés fue la única que murió en la plenitud de su vida, y hasta eso le envidio. Papá siempre estuvo sometido al carácter imponente de mamá, que se pasó la vida retándolo. No sé cómo nunca la sentó de un cachetazo. Seguramente mil veces quiso hacerlo. Pero nunca le hubiera puesto una mano encima. No porque creyera que a las mujeres no se les pega, sino porque mamá hubiera salido corriendo por la puerta gritando que la había golpeado. Sabía llevarlo al límite de la locura sabiendo que papá no reaccionaría. Mamá adoraba hacerlo sentir menos. “Frrracasado”, susurró una vez mientras se alejaba hacia la cocina después de una discusión. Discusión no, porque ella era la única que hablaba. Era el eterno monólogo que nos hacía padecer a los tres cada vez que se enojaba. Esa palabra bastó para que mi papá revoleara su pipa y se fuera de la casa dando un portazo. No volvió sino hasta pasadas las cuatro de mañana. Mamá había estado llorando durante horas. Cuando lo vio entrar, pegó un salto de la cama y lo abrazó, o eso supuse, porque papá le decía que se calmara. Lejos de aliviarme, la reconciliación me enfureció. A la mañana siguiente, todos amanecieron como si nada hubiera pasado. Fingir, actuar, aparentar. Eso era lo que se hacía siempre en casa de mis padres.

En el camino de regreso me entretengo con el ruido de las ruedas del chango golpeteando las baldosas acanaladas. Entonces, me parece escuchar algo. Me paralizo. Los gritos de mi madre se escuchan desde la vereda. Suelto el chango y corro a toda velocidad. Cuando entro a la casa, escucho la voz de Matilda que dice “¡Elke, tranquila! Por favor, ¡deje de gritar!”. Un golpe seco me hace temer lo peor. Entro a la habitación y encuentro a Matilda intentando que mi madre no se levante. El biombo está tirado en el piso y papá las mira con cara de espanto. Me aproximo lo más rápido posible y logro separarlas. Le ordeno a Matilda que se vaya a su casa, y sale corriendo mientras mamá sigue gritando. Sé que no vuelve más, y la entiendo. A mamá le toma unos pocos segundos descifrar la situación en la que se encuentra.

Logro que se duerman. Papá suele quedar igual de alterado que mamá. Lo acaricio y le beso la frente.
- No se preocupe. Nunca más voy a faltarle.- A mi madre no me aproximo mucho. Hay momentos en los que no quiero ni verla. ¿Para qué? La mitad de las veces no sabe ni quién soy. Me trata mejor ahora que cuando estaba sana, seguramente convencida de que soy alguna amiga suya. En cuanto me reconoce, empiezan los maltratos. “Deine Schwester
[2]...”, repite, como lamentándose de que su predilecta esté muerta y que yo haya sobrevivido para verla consumirse por el tiempo y la enfermedad. Siempre me acusó por el accidente, aunque todos sabíamos que la camioneta de papá era muy vieja. Esa fue la última vez que manejé.

Una noche, mientras acomodo el viejo ventilador de pie para refrescarlos un poco, la escucho murmurar. Me aproximo hacia ella con cuidado.
- ¿Qué pasa, Mutter?
- Ich brauche deine Hilfe
[3]
- Sí, Mutter ¿Qué necesita?
- Que me ayudes...- suplica. Frunzo el ceño sin entender. – Quierro que me ayudes a terminar con todo esto.- Me vuelvo hacia ella y la miro espantada.

En el jardín, enciendo un cigarrillo y comienzo a fumar con ansiedad. Sólo a persona como mi madre se le puede ocurrir pedir algo así. Mientras fumo, le doy vueltas al tema. Hace casi un año que vive postrada en una cama, sin noción alguna de la realidad, salvo los pequeños lapsos de cordura que tiene. Papá muere sin palabras ni escándalos. Pero la Mutter quedó congelada en algún momento de su vida ya pasado. Cada día son más las exigencias. Y pensar en terminar con mi calvario y el de ella, me termina pareciendo un acto casi noble. Como dijo alguien alguna vez: “Pasar de un sueño a otro es un lujo que no muchos seres humanos podemos darnos”.

Las semanas siguientes son realmente pesadas, no sólo por el calor sino por todo lo que tengo que hacer sola. Comienzo a sospechar que voy a volverme loca, y a medida que pasan los días, más pienso en el pedido de mamá.

Empieza a rechazar la medicación. La escupe, o cierra con fuerza la boca para que no pueda darle de beber el vaso lleno de agua y de pastillas trituradas. La amenazo con llamar a un médico para que la interne, y entonces grita que la quiero matar. De vez en cuando me reitera el pedido, pero yo me hago la tonta y sigo cambiándola o acomodándola en la cama para que no se acalambre. En el último tiempo Papá no logra descansar tranquilo por los constantes griteríos de mamá, y no tengo más remedio que pasarlo a mi cuarto. Duermo en el sillón del living. La enfermedad de mis padres ha logrado invadir cada rincón de mi casa y de mi vida.

La Mutter es friolenta, así que le coloco una colcha liviana encima y la tapo hasta el mentón. Entonces estira la mano y me agarra con fuerza del brazo: “Vos mataste a mi hija”. La miro fijo. Me mira igual de desafiante. Apago la luz del velador y voy hasta la cocina. Agarro el frasco entero de Alplax y lo vacío sobre la mesada. Me sorprende mi tranquilidad, la misma que tengo cada vez que trituro la medicación. Sostengo la cuchara con fuerza y, con más fuerza aún, la apoyo sobre las pastillas. Cuando termino, voy hacia el cuarto. “Ya es hora”, le digo. La Mutter abre los ojos de golpe y una leve sonrisa se dibuja en su rostro. Una sonrisa triunfal, como la de quien logra su cometido. Y eso produce en mí una sensación inexplicable. Sin decir nada, me volteo. Mamá empieza a gemir, pero no hago caso. Entro a mi antiguo cuarto en el que ahora descansa Papá. Apoyo el vaso en la mesa de luz y me acuesto junto su cuerpo tibio y lánguido. Lo abrazo con fuerza y siento su mano torpe rozándome la cara. Empiezo a llorar. Quiero quedarme con él para siempre, decirle todo lo que nunca dije, y hacer lo que sea por aliviarle tanto dolor. Me incorporo, tomo el vaso y se lo acerco a los labios. Lo bebe todo. Le apoyo la cabeza lentamente sobre la almohada y le beso la frente. “Ya es hora, Viejito”. Me sonríe, como hace cada noche, y lanzando un suspiro ronco, cierra los ojos. Lo miro en silencio. Miro la vida salirse de su cuerpo viejo y cansado. Una muerte digna y silenciosa. Silenciosa como él. Ya lo sé, merezco el peor castigo. Y mi madre… ella también. Vamos a seguir juntas, haciéndonos compañía. La voy a seguir cuidando, “como ella cuidó de mí”. Y si alguien duda, yo estoy bien entrenada. Fingir, actuar, aparentar. Eso es lo que se hizo siempre en casa de mis padres.
[1] “Mamá”
[2] “Tu hermana”
[3] “Quiero que me ayudes”