- Buenos días, don Rómulo
- Hola, hija. Buenos días.
- ¿Cómo pasó la noche?
- Bien, bien, querida. Gracias.
- ¿Ya le trajeron el desayuno?
- Sí, se lo acaban de llevar.
- ¿Tiene calor? Está un poco alta la calefacción.
- No, no. Así estoy bien.
- ¿Qué quiere, don Rómulo? ¿Le alcanzo algo?
- Sí, por acá dejé un libro.
- ¿Dónde? Dígame, no se mueva tanto a ver si se cae de la cama.
- Debe estar arriba de la mesa de luz, o de la cómoda.
- ¿Este? ¿”Hoy temprano”?
- Ese mismo.
- ¿Qué quiere, que le lea?
- Sí, por favor.
- Pero, ¿no prefiere esperar a Paloma?
- No, quiero me leas vos.
- Ay, don Rómulo. Paloma se va a enojar después, ¿o no la conoce todavía?
- Hoy es un día especial, y quiero que me leas vos.
- ¿Por qué es un día especial?
- Porque es día de visita. Y viene una muy especial. Aparte Paloma no siente lo que lee, no se concentra. Yo me doy cuenta de todo, aunque no pueda ver.
- Ah, ¿sí? Y, ¿qué ve ahora?
- Que estoy en un cuarto con una hermosa chica al costado de mi cama, dispuesta a hacerme un favor. ¿Qué otra cosa puedo pedir? Ya puedo morir en paz.
- Don Rómulo, usted es todo un galán.
- ¿Qué te parece? Estuve casado durante cincuenta y dos años con la misma mujer, y no pasó un día sin que le trajera flores después del trabajo.
- ¿Cómo se llamaba su esposa?
- Amapola.
- ¡Qué lindo nombre! Amapola.
- Yo le decía “mi muma”, pero eso es algo que no tenés que decir a nadie.
- Soy una tumba, se lo juro. ¿Se siente bien, don Rómulo?
- Sí, estoy bien. Y, ¿vos?
- Yo estoy bien
- No, si vos tenés un “mumo”.
- Yo no tengo un “mumo”, por el momento.
- Y, ¿qué esperás?
- ¿Está cómodo, don Rómulo? ¿No tiene calor con la calefacción tan alta?
- No te preocupes por mí, yo estoy bien. Quiero escucharte a vos.
- ¿Qué le puedo decir? Estoy bien así, sola.
- Mirá: nosotros somos 8 hermanos. El menor, Simón, es el único que está solo. Y dejame que te diga una cosa: a cierta edad, si uno llega a su casa y no tiene nadie con quién compartir ni una comida calentita, se vuelve un amargado. Como mi hermano, Simón.
- Bueno, yo creo que todavía estoy a tiempo de no convertirme en una vieja amargada.
- “Afortunado es el hombre que tiene tiempo para esperar”[1]. Bueno, ¿empezamos?
- ¿Qué cosa?
- La lectura. En cualquier momento aparece mi visita.
- Ah, sí, claro. ¿En qué página?
- En la que esté marcada.
- Pero no hay ninguna página marcada.
- Ay, esta chica. ¿Ves que no se concentra?
- Bueno, no se preocupe, don Rómulo. ¿Seguro se siente bien? ¿Quiere que llame a las chicas?
- No, no. Estoy bien. Me duele un poco el pecho, debe ser la posición.
- Le acomodo un poco la almohada, a ver… Permítame. ¿Ahí está mejor?
- Sí, mucho mejor, gracias.
- Bueno, déjeme ver el libro… ¿Será que la marca es ésta esta foto?
- ¿Qué foto?
- Una, de un hombre… Su hijo, supongo.
- Ah, la foto de Ícaro, mi hijo menor.
- ¿Cuántos hijos tiene, don Rómulo?
- 5 hijos. Y 15 nietos. Prolija proporción.
- Así parece.
- Guardá la foto y decime qué te acordás.
- ¿Cómo qué me acuerdo?
- Sí, lo que te acuerdes. Yo hace 4 años que vi esa foto por última vez, y me acuerdo bien.
- A ver. Es alto, pelirrojo, está subido a una tranquera.
- No me digas qué viste. Decime qué te acordás.
- No entiendo.
- ¿Qué te acordás?
- De mi marido, me acuerdo.
- Seguí.
- Tenía 32 años.
- ¿Y?
- Y, nada. ¿Qué quiere que le diga?
- Lo que quieras.
- Tenía olor a lavanda.
- ¿Por qué?
- Porque las cortaba, y las metía en el cenicero del auto para que dieran olor. Ese día había llenado hasta el tanque con lavanda.
- ¿Qué día?
- El del accidente. Cuando llegué al lugar, había olor a lavanda por todos lados.
- ¿Hace cuánto de esto?
- 11 meses.
- ¿Tuvieron chicos?
- No.
- Osea que estás sola.
- Sola como un perro.
- Pensé que estabas bien así.
- ¿Por qué?
- Porque lo dijiste hace cinco minutos
- Ah, sí. Es verdad.
- Entonces, ¿te gusta o no estar sola?
- A usted, ¿le gusta?
- Yo no estoy solo.
- Eso es muy bueno, don Rómulo.
- La soledad no es algo malo, Eva.
- Bueno, en eso no sé si coincido.
- ¿Por qué no?
- No sé. No me parece que sea algo bueno. Al revés. Es triste.
- ¿Sabés lo que es la soledad? Nada menos que encontrar compañía en uno mismo. ¿Te parece que algo así puede ser triste?
- Es verdad, no lo había visto de esa forma…
- ¿Empezamos?
- ¿Qué cosa?
- La lectura.
- Ah, sí. Cierto. ¿Dónde, entonces?
- Donde estaba la foto.
- Ok. Página 31.
- La luz
- ¿Cómo?
- El 31, la luz
- No sabía.
- Cuando trabajaba en el taller, tenía la costumbre de empezar un mueble especial cada 31. Osea que hacía 7 muebles especiales al año. Esos 7 muebles, los regalaba.
- ¿A qué se dedicaba usted, don Rómulo?
- Era ebanista.
- Y, ¿por qué el 31?
- Porque la luz ilumina. Y yo puedo jurarte que cada 31 estaba especialmente inspirado. Cada uno de esos muebles parecía haber estado siempre en la madera.
- Qué lindo lo que cuenta.
- Más lindos eran mis muebles. Esa cómoda la hice yo.
- ¿De verdad?
- De verdad
- ¡Increíble! Pero no la regaló.
- Sí, me la regalé a mí mismo.
- Y, ¿por qué?
- Porque la hice cuando ya estaba ciego. Y es la que menos tiempo me tomó. Nació solita.
- "Siempre estuvo en la madera".
- Exactamente, vos lo dijiste. Ay, mi brazo…
- ¿Qué pasa? No me asuste. ¿Está bien?
- Sí, estoy bien. Y no te asustes tanto, nena. Trabajás llena de viejos, ¿o no te diste cuenta?
- Bueno, todavía no me acostumbro y me asusto igual. Si quiere, dejamos la lectura para más tarde.
- No, no. Que no tenemos mucho tiempo. Ya debe estar llegando mi visita.
- ¿No me va a decir quién?
- No. Todavía no. Ya vas a ver.
- Qué lindo dejar algo en el mundo. Más allá de la familia, quiero decir.
- Lo importante no es dejar cosas, sino recuerdos. Uno, aunque sea. Como el de las lavandas.
- No es el único recuerdo que tengo de él
- Pero es el primero que recordaste
- ¿Usted que recuerda de su mujer?
- Que antes de acostarse se sentaba en un toillete que le hice especialmente para nuestro casamiento, y se peinaba con un cepillo de esos bien gruesos, de esos que se usaban antes. Yo podía verla desde la cama, y le veía la espalda, pero como el espejo le reflejaba la cara, podía ver que murmuraba.
- Y, ¿qué murmuraba?
- Eso es algo que se llevó a la tumba.
- Bueno, puede pedirle que se lo confiese cuando vuelva a verla.
- Cuando vuelva a verla no voy a pedirle nada.
- ¿Por qué no?
- Porque voy a estar muerto. ¿Para qué andar con reclamos?
- Sí, puede ser.
- ¿Vos tenés algo que preguntarle?
- ¿A quién?
- A tu marido.
- Sí, muchas cosas.
- Dejame decirte algo: cuando lo veas, no te van a importar.
- ¿Por qué no? Uno sabe todo cuando está muerto.
- ¿Quién te dijo ese disparate?
- Nadie. Me lo imagino.
- ¿Vos creés que te volvés como Dios, que sabe todo?
- Sí, algo así.
- Interesante.
- Yo creo que cuando una persona se muere, conoce todas las respuestas.
- Ajá… Si vas a saberte todas las respuestas, ¿qué es eso que vas a querer preguntarle a tu marido? Si me permitís, a mí me parece que la que necesita responderse muchas cosas sos vos, no él.
- Yo no soy la que se fue.
- Él no se fue a ningún lado, hija. Se murió.
- Es lo mismo.
- No. El que se va, se aleja. El que se muere, está más cerca que nunca.
- Yo no lo siento cerca.
- Eso no significa que no lo esté.
- No sé…
- Mirá, hija, no tiene sentido esperar la muerte como un camino que nos lleva a la reconciliación. Vos necesitás hacer las paces mientras estés viva.
- Pero yo no necesito hacer las paces con mi marido.
- Con él, no. Me refería a hacer las paces con vos misma ¿Empezamos?
- Sí, la lectura. “Durmieron en Stow, en un bed and breakfast cerca de la ruta. Ella habló durante todo el viaje, sobre su infancia en Norteamérica, sobre su reciente lectura de los ritos funerarios de los indios Sioux, aconsejándole a Walbright algunos cambios en su conferencia, relacionando la mitología griega a las divinidades indígenas; habló sobre la muerte, sobre cómo desearía ser cremada y que arrojaran sus cenizas al mar. Walbright no interfería.
- ¿Usted qué preferiría, ser enterrado o cremado?
- Preferiría morir de muerte natural
- Me refería a después de eso.
- Ya sé, era un chiste
- ¿Entonces?
- Los muertos están muertos y, por lo tanto, creo que
no tienen derecho a andar con exigencias”. ¡Don Rómulo, qué texto!... Don Rómulo…
- Permiso.
- Ah, sí. Pasá, Amadeo.
- Busco a Paloma.
- No llegó todavía.
- Ah, bueno. Y, ¿don Rómulo? Ya deberían llevarlo a cortarse el pelo.
- Se quedó dormido.
- Ah… está bien. Che, qué olor que hay acá.
- ¿A qué?
- No sé, a flores. A lavanda.
- No siento nada yo.
- Bueno, me voy.
- Sí. Dejálo… Estaba medio dolorido, pobre. Habría que decirles a las chicas de adelante que lo chequeen cuando se levante. ¿Cuándo empieza el horario de visita?
- Hoy no es día de visita, Eva.
- Ah, claro… Hoy es martes. Pero, qué raro…
- ¿Qué cosa?
- No, nada. Andá tranquilo, Amadeíto. Yo voy a cerrarle las cortinas y voy.
- No se las cierres. A eso venía, a avisarle a Paloma que hoy es 31.
- Y, ¿qué tiene?
- Le gusta que haya luz todo el día en el cuarto. No sé, alguna cábala, supongo
[1] Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) Dramaturgo y poeta español.
