Un texto con sorpresa...
No creo que haya ruido tan molesto e inquietante como el seco crepitar de la matraca. Lo comparo a un entrechocar de huesos humanos durante algún siniestro rito macumbero, lo escucho como vibración obsesiva dentro de mi oído. Son indudablemente síntomas maníacos, pero con un origen bien determinado.
Como quizás ignoren, estoy empleado como conserje del hotel por horas “Top Gun”. Una ocupación ideal, pues me permite desarrollar mis hábitos noctámbulos de manera bien paga, con buenas propinas y sin mayor esfuerzo. No lo he conseguido por casualidad, sino porque mi tío y padrino es uno de los dueños del establecimiento.
Esa noche trágica me hallaba en la cabina de control de acceso, asignando sitios a las parejas arribadas y ajustando cuentas con las que partían. Llegó entonces uno de nuestros mejores clientes, merecedor de toda mi admiración por dos poderosos motivos: su generosidad con las propinas – fenómeno poco frecuente – y las estupendas mujeres que lo acompañaban. Se trataba de un hombretón de casi dos metros, sólido y más bien grueso, de espaldas anchas y cabello raleado, de una edad que con holgura sobrepasaba los cincuenta. Lo escoltaba una morocha espectacular, figura oscura y elegante que no pudo ocultar un relumbrar de ojos ansiosos pese a su discreción. Como era habitual, les ofrecí el apartamento nupcial del ala sur, lujoso y completo, y di por descontado que no sabría de ellos hasta el pedido de bebidas posterior al amor.
Continué reprimiendo mis bostezos sobre el aburrido texto de antropología de mi curso universitario. Mal o bien pude durante un rato sobreponerme a la amenaza de quedarse dormido que sobrecoge a todo centinela, pues el deber obliga. Fue entonces que me sorprendió un blando retumbar sobre la alfombra, un raudo estrépito turbio en acercamiento. Ya con ojos bien abiertos, distinguí bajo la tenue luz del pasillo a la dama en cuestión lanzada a la carrera hacia la salida. Pasó ante mi ventanal como un relámpago negro de peligro y belleza, hasta que desapareció en la noche y retornó el silencio.
Quedé estupefacto. No era por cierto un hecho rutinario la huída precipitada de la mitad de una pareja amorosa, sino más bien un ominoso presagio. De inmediato llamé insistentemente a la habitación, sin que mediara respuesta. Ante lo insólito de la situación, no me quedó otro remedio que visitar el cuarto, para lo cual requerí la escolta de la mucama de servicio. Menuda sorpresa fue encontrar al hombretón tumbado sobre la cama con el trasero al aire, despojado no sólo de ropa sino además de dignidad y consuelo, definitiva e irremediablemente muerto. No era nuestro caso, pero dicen que algunos propietarios de hoteles tienen preparados equipos de zapatillas y chandores para cuando estos accidentes ocurren, simulando que el desgraciado se hallaba trotando por el parque.
Lo primero que hice fue apagar la música de merengue poco adecuada a las circunstancias. Quizás ese exagerado ritmo haya sido la causa definitiva de la tragedia. Busqué entre sus prendas y tuve la suerte de hallar una agenda con los datos del occiso y de sus familiares. Llegó mi padrino, ya informado de la tragedia, y logramos comunicarnos con un hermano. Encarecidamente nos rogó que nada de lo que hiciéramos pudiera alertar a su anciana madre sobre el final pecaminoso del hijo con quien vivía. Él se encargaría de acomodarlo subrepticiamente en su dormitorio, siempre que pudiéramos transportar el cadáver hasta la calle. Así que emprendimos la embarazosa tarea de vestir a nuestro cliente como mejor pudimos, sin faltarle su abrigo, su corbata y sus medias.
Fue bien difícil acarrear a personaje tan voluminoso en esa madrugada de invierno. Resoplábamos como locomotoras, sosteniendo cada uno de sus brazos sobre nuestros cuellos. Así llegamos afuera, y luego nos desplazamos en fúnebre cortejo bajo la noche estrellada, con las puntas de los zapatos arrastrando por el suelo.
En esa patética y sudorosa marcha, las puntas de sus zapatos repiqueteaban raca-raca-raca sobre las baldosas acanaladas de la acera, con un espantoso resonar de matraca gigante que aún persiste dentro de mi mente.
Escrito por Eduardo Luis Alimonda (9 de marzo de 1935 - 13 de octubre de 2005)
Como quizás ignoren, estoy empleado como conserje del hotel por horas “Top Gun”. Una ocupación ideal, pues me permite desarrollar mis hábitos noctámbulos de manera bien paga, con buenas propinas y sin mayor esfuerzo. No lo he conseguido por casualidad, sino porque mi tío y padrino es uno de los dueños del establecimiento.
Esa noche trágica me hallaba en la cabina de control de acceso, asignando sitios a las parejas arribadas y ajustando cuentas con las que partían. Llegó entonces uno de nuestros mejores clientes, merecedor de toda mi admiración por dos poderosos motivos: su generosidad con las propinas – fenómeno poco frecuente – y las estupendas mujeres que lo acompañaban. Se trataba de un hombretón de casi dos metros, sólido y más bien grueso, de espaldas anchas y cabello raleado, de una edad que con holgura sobrepasaba los cincuenta. Lo escoltaba una morocha espectacular, figura oscura y elegante que no pudo ocultar un relumbrar de ojos ansiosos pese a su discreción. Como era habitual, les ofrecí el apartamento nupcial del ala sur, lujoso y completo, y di por descontado que no sabría de ellos hasta el pedido de bebidas posterior al amor.
Continué reprimiendo mis bostezos sobre el aburrido texto de antropología de mi curso universitario. Mal o bien pude durante un rato sobreponerme a la amenaza de quedarse dormido que sobrecoge a todo centinela, pues el deber obliga. Fue entonces que me sorprendió un blando retumbar sobre la alfombra, un raudo estrépito turbio en acercamiento. Ya con ojos bien abiertos, distinguí bajo la tenue luz del pasillo a la dama en cuestión lanzada a la carrera hacia la salida. Pasó ante mi ventanal como un relámpago negro de peligro y belleza, hasta que desapareció en la noche y retornó el silencio.
Quedé estupefacto. No era por cierto un hecho rutinario la huída precipitada de la mitad de una pareja amorosa, sino más bien un ominoso presagio. De inmediato llamé insistentemente a la habitación, sin que mediara respuesta. Ante lo insólito de la situación, no me quedó otro remedio que visitar el cuarto, para lo cual requerí la escolta de la mucama de servicio. Menuda sorpresa fue encontrar al hombretón tumbado sobre la cama con el trasero al aire, despojado no sólo de ropa sino además de dignidad y consuelo, definitiva e irremediablemente muerto. No era nuestro caso, pero dicen que algunos propietarios de hoteles tienen preparados equipos de zapatillas y chandores para cuando estos accidentes ocurren, simulando que el desgraciado se hallaba trotando por el parque.
Lo primero que hice fue apagar la música de merengue poco adecuada a las circunstancias. Quizás ese exagerado ritmo haya sido la causa definitiva de la tragedia. Busqué entre sus prendas y tuve la suerte de hallar una agenda con los datos del occiso y de sus familiares. Llegó mi padrino, ya informado de la tragedia, y logramos comunicarnos con un hermano. Encarecidamente nos rogó que nada de lo que hiciéramos pudiera alertar a su anciana madre sobre el final pecaminoso del hijo con quien vivía. Él se encargaría de acomodarlo subrepticiamente en su dormitorio, siempre que pudiéramos transportar el cadáver hasta la calle. Así que emprendimos la embarazosa tarea de vestir a nuestro cliente como mejor pudimos, sin faltarle su abrigo, su corbata y sus medias.
Fue bien difícil acarrear a personaje tan voluminoso en esa madrugada de invierno. Resoplábamos como locomotoras, sosteniendo cada uno de sus brazos sobre nuestros cuellos. Así llegamos afuera, y luego nos desplazamos en fúnebre cortejo bajo la noche estrellada, con las puntas de los zapatos arrastrando por el suelo.
En esa patética y sudorosa marcha, las puntas de sus zapatos repiqueteaban raca-raca-raca sobre las baldosas acanaladas de la acera, con un espantoso resonar de matraca gigante que aún persiste dentro de mi mente.
Escrito por Eduardo Luis Alimonda (9 de marzo de 1935 - 13 de octubre de 2005)

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