Ella conversaba, siempre sonriente, contando anécdotas pasadas, momentos que la casa acunó años atrás. Me gustaba ver cómo su vestido de flores multicolores se mecía delicadamente a cada paso que daba por la amplia cocina. Iba de un rincón al otro, cebando mate, ordenando la mesada, mezclando la mermelada casera. Mi tío la llamaba “Reina”, y eso me encantaba. Su pelo color rubio ceniza se contorsionaba en su cabeza formando algunas ondas. Sus ojos celestes, muy chiquitos… siempre serenos, siempre alegres. Solía creer que si la miraba con atención, iba a encontrar en ellos rastros de su hermana. Las encontraba parecidas, aún en ese entonces, pero las fotos son tramposas, solía decir mi abuela. Incluso hoy, cuando se ríe, y los ojos se le llenan de lágrimas de risa y levanta las cejas haciendo una mueca, la veo igual a la mayor de mis hermanas. Cuando se ríe, son iguales. Y ahí sé que acabo de encontrar algo de Eva.
La casa, grande, fresca. Cálida casa de familia. Cuando entraba al cuarto de mis primos, me acercaba a mirar con atención las fotos de ellos cuando eran chiquitos. Mi prima estaba igual, aunque más linda. Recuerdo cómo me gustaba dormir en su cama porque sabía que ahí había dormido ella. Las sábanas olían a jabón, y eso me recordaba a mi madre. Mi madre siempre olía a jabón en mi niñez. Sin embargo, no encontraba tan parecidos a mis dos primos varones. Pensaba que les habían crecido mucho las narices, como a mis hermanos. Es que los niños miden todo de acuerdo a sus propias proporciones. Recuerdo a Billy y a Eddy jugando con los perros y eso me intrigaba.
-Tía, ¿por qué Tanga siempre salta y ladra cuando llegan ellos?
-Porque son los que más atención le prestan
Cuando quería estar sola, cruzaba la pequeña puerta blanca de hierro y subía hasta la galería. Allí me sentía acompañada sólo por mí misma. Disfrutaba rodearme de las hiedras que abarcaban todo con sus hojas acorazonadas. Solía sentarme en un rincón y quedarme en silencio, escuchando las voces y los ladridos a lo lejos. Siempre había ruido en casa de mis tíos. Siempre movimiento. Mi hermanita me seguía a todas partes, y jugaba a esconderme para que ella me buscara. A veces bajaba las escaleras hasta el garaje y me quedaba un rato largo, revisando las cosas que aguardaban mudas a que alguien las rescatara del olvido eterno. Cuando estaba segura de que ya estaría lejos, buscándome por otro lugar, dejaba todo y me iba. Siempre había un rincón nuevo por explorar en la casa de Palihue.
El olor a hierba fresca en verano se mezclaba con el aroma a tierra húmeda. Solía apoyar la frente contra el amplio ventanal del living y ver cómo los regadores lanzaban una lluvia finita y suave que caía sobre la loma de césped verde y brillante de la entrada. Aún puedo oír en mi cabeza el sonido del agua saliendo con presión: shic shic shic. Era cuando los grillos anunciaban la llegada del oscurecer. A cierta hora de la tarde, el cielo de Palihue se teñía de un azul violáceo, y coincidía con la calma que reinaba en la pileta luego de un día ajetreado de zambullidas, pataleos y salpicadas ¿Cómo olvidar las tardes de pileta? Mi hermano Coco solía sumergirse y dejar que me parara sobre sus hombros, para luego salir de golpe a la superficie ¡Yo sentía que volaba! Para después caer con un fuerte chapuzón al agua.
Sin embargo, me gustaba mucho más el invierno en la casa de mis tíos. Él, con su pelo blanco inmaculado y su delgada silueta, se acomodaba en la silla mecedora. El fuego ardía, y los estallidos de la madera quemándose se mezclaban con el crujir de los listones del piso al caminar. La ópera comenzaba a sonar, imponente, magistral. Me sentaba en silencio junto al hogar y lo miraba con curiosidad cerrar sus ojos, mientras apoyaba su cabeza contra el respaldo y dejaba caer sus manos sobre los apoyabrazos. La solemne y magnífica voz de una mujer cantaba al compás de la orquesta. Una voz que hablaba de tristezas, de amores perdidos y melancolías.
-Tío, ¿por qué cerrás los ojos cuando pones música?
Él, inmutable, quieto y sereno, respondía:
La casa, grande, fresca. Cálida casa de familia. Cuando entraba al cuarto de mis primos, me acercaba a mirar con atención las fotos de ellos cuando eran chiquitos. Mi prima estaba igual, aunque más linda. Recuerdo cómo me gustaba dormir en su cama porque sabía que ahí había dormido ella. Las sábanas olían a jabón, y eso me recordaba a mi madre. Mi madre siempre olía a jabón en mi niñez. Sin embargo, no encontraba tan parecidos a mis dos primos varones. Pensaba que les habían crecido mucho las narices, como a mis hermanos. Es que los niños miden todo de acuerdo a sus propias proporciones. Recuerdo a Billy y a Eddy jugando con los perros y eso me intrigaba.
-Tía, ¿por qué Tanga siempre salta y ladra cuando llegan ellos?
-Porque son los que más atención le prestan
Cuando quería estar sola, cruzaba la pequeña puerta blanca de hierro y subía hasta la galería. Allí me sentía acompañada sólo por mí misma. Disfrutaba rodearme de las hiedras que abarcaban todo con sus hojas acorazonadas. Solía sentarme en un rincón y quedarme en silencio, escuchando las voces y los ladridos a lo lejos. Siempre había ruido en casa de mis tíos. Siempre movimiento. Mi hermanita me seguía a todas partes, y jugaba a esconderme para que ella me buscara. A veces bajaba las escaleras hasta el garaje y me quedaba un rato largo, revisando las cosas que aguardaban mudas a que alguien las rescatara del olvido eterno. Cuando estaba segura de que ya estaría lejos, buscándome por otro lugar, dejaba todo y me iba. Siempre había un rincón nuevo por explorar en la casa de Palihue.
El olor a hierba fresca en verano se mezclaba con el aroma a tierra húmeda. Solía apoyar la frente contra el amplio ventanal del living y ver cómo los regadores lanzaban una lluvia finita y suave que caía sobre la loma de césped verde y brillante de la entrada. Aún puedo oír en mi cabeza el sonido del agua saliendo con presión: shic shic shic. Era cuando los grillos anunciaban la llegada del oscurecer. A cierta hora de la tarde, el cielo de Palihue se teñía de un azul violáceo, y coincidía con la calma que reinaba en la pileta luego de un día ajetreado de zambullidas, pataleos y salpicadas ¿Cómo olvidar las tardes de pileta? Mi hermano Coco solía sumergirse y dejar que me parara sobre sus hombros, para luego salir de golpe a la superficie ¡Yo sentía que volaba! Para después caer con un fuerte chapuzón al agua.
Sin embargo, me gustaba mucho más el invierno en la casa de mis tíos. Él, con su pelo blanco inmaculado y su delgada silueta, se acomodaba en la silla mecedora. El fuego ardía, y los estallidos de la madera quemándose se mezclaban con el crujir de los listones del piso al caminar. La ópera comenzaba a sonar, imponente, magistral. Me sentaba en silencio junto al hogar y lo miraba con curiosidad cerrar sus ojos, mientras apoyaba su cabeza contra el respaldo y dejaba caer sus manos sobre los apoyabrazos. La solemne y magnífica voz de una mujer cantaba al compás de la orquesta. Una voz que hablaba de tristezas, de amores perdidos y melancolías.
-Tío, ¿por qué cerrás los ojos cuando pones música?
Él, inmutable, quieto y sereno, respondía:
-Porque es la única manera de escucharla

1 comentario:
Que lindos recuerdos de la infancia. Me transportaste a mi propia niñez. Yo tambien visitaba la casa de unos tios mios, y aun recuerdo los momentos que vivi en ella. Felicitaciones!
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