La Doña se duerme llorando todas las noches. Ella no sabe que yo sé. Cree que ya estoy acostada. Pero no. Antes de cerrar los ojos, subo a ver si está todo bien cerrado, a chequear que el perro no se haya metido en el cuarto de la tele y a preguntarle a la señora si necesita algo. Y cada vez que estoy por golpearle la puerta, la siento sollozar. Me da mucha pena, porque entiendo lo difícil que debe ser para ella encontrarse sola después de tantos años. El señor Fernando es bueno y, aunque no sé porqué se separaron, supongo que no debe ser lo mismo encontrarse de nuevo con la pareja, una vez que los chicos se van. Uno está tan acostumbrado a hacer girar sus días en torno a sus hijos, que cuando “el nido se vacía”, y sólo quedan dos, no para todo el mundo es un nuevo comienzo, sino un final anunciado.
Siempre se quisieron. Ella siempre lo cuidó y lo atendió como una buena esposa, y él se encargó de que nunca le faltara nada, ni tampoco a los tres varones . El Patricio fue el último en irse, y la doña lloró mucho el día que “el Negro” –como le dicen- metió sus cosas en unas cuantas cajas y valijas y se fue a vivir con la novia. Ahora quedamos las dos solas. Nos hacemos compañía. Antes, a la hora de la cena, los señores comían en el comedor y yo, sentada en la mesada de la cocina. Pero ya no. A partir de la noche en que el señor Fernando se mudó, comemos las dos en el cuarto de la tele, mirando el noticiero o alguna película. Eso me gusta, porque nunca un patrón me invitó a acompañarlo a comer, mucho menos a la cena. A veces, cuando termino temprano con mis tareas, y salgo a pasear a Loco por el country, Doña Magdalena me acompaña. Hablamos mucho, y me cuenta que se siente sola y que está contenta de que yo la escuche. Y suele pasar que se le caen algunas lágrimas hablando del señor.Es que las “amigas”, aquellas de las buenas épocas, fueron desapareciendo de a poco.
- Señora, no se ponga así, que llorar reseca el corazón- le digo para animarla. -Don Fernando la quiere, trate de pensar que esto es pasajero. Ya se va a solucionar todo.
Pero la señora niega con la cabeza que eso sea posible
- No, Lourdes. No entendés. No es tan simple. Fernando ya no me quiere como antes. Se aburrió de mí.
Y llora. Siempre llora.
Yo la entiendo más que nadie. A mí me pasó algo parecido. Me vine de mi casa a trabajar de jovencita y, cuando volví, después de algunos años, el Rulo ya me había olvidado. Siempre fue un “picaflor”, pero pensé que conmigo era diferente. Como en el libro que leí, aquel que me prestó uno de los chicos, el del Principito que quiere “domar al zorro”. Pero no es así. No se puede amaestrar a los hombres, y lo digo desde la experiencia. Trabajé en muchas casas durante los últimos quince años, y en casi todas, los señores terminaron separados.
Sin embargo, hay algo que a Doña Magdalena la pone feliz de a ratos. Y es el ramo de rosas rojas en la puerta de la casa. Entra con una sonrisa escondida detrás de las flores escarlatas mientras lee la notita que nunca me muestra. Lo único que me dice es que es un admirador secreto, seguramente algún señor del country que está solo y a quien le gusta. Se sonroja, y durante el resto del día no hace más que tararear canciones y sacar los yuyos del jardín. Se arrodilla sobre el césped y, con sus gruesos guantes, remueve una a una las malezas, como quien busca arrancar de cuajo lo que contamina su alma rota.
- Ese señor, el de las rosas rojas… - dice en un suspiro, mientras escarba la tierra húmeda con su palita. -Un hombre que deja flores a una mujer, es un caballero. Como lo era Fernando cuando estábamos juntos- dice, y los ojos se le humedecen. -Ese hombre va a ser mi salvación. Ya vas a ver, Lourdes… Ya vas a ver...
Lo que la señora no sabe, es que yo sé quién es el de las rosas rojas. Lo veo llegar tempranito a la mañana, antes de que salga el sol, mientras preparo el desayuno y tiendo la mesa. Algunas veces, cuando se da cuenta de que lo miro desde la ventana de la cocina, me sonríe con complicidad y apoya el dedo sobre sus labios, pidiéndome discreción. Asiento con la cabeza mientras apoya el arreglo de flores sobre el tapete y se va en silencio, tal como llegó. Nunca dije nada. Soy muy reservada. Y a veces, cuando llama a la casa y pregunta por la señora, me agradece el gesto.
- De nada, Don Fernando. Su secreto está bien guardado.
Yo la entiendo más que nadie. A mí me pasó algo parecido. Me vine de mi casa a trabajar de jovencita y, cuando volví, después de algunos años, el Rulo ya me había olvidado. Siempre fue un “picaflor”, pero pensé que conmigo era diferente. Como en el libro que leí, aquel que me prestó uno de los chicos, el del Principito que quiere “domar al zorro”. Pero no es así. No se puede amaestrar a los hombres, y lo digo desde la experiencia. Trabajé en muchas casas durante los últimos quince años, y en casi todas, los señores terminaron separados.
Sin embargo, hay algo que a Doña Magdalena la pone feliz de a ratos. Y es el ramo de rosas rojas en la puerta de la casa. Entra con una sonrisa escondida detrás de las flores escarlatas mientras lee la notita que nunca me muestra. Lo único que me dice es que es un admirador secreto, seguramente algún señor del country que está solo y a quien le gusta. Se sonroja, y durante el resto del día no hace más que tararear canciones y sacar los yuyos del jardín. Se arrodilla sobre el césped y, con sus gruesos guantes, remueve una a una las malezas, como quien busca arrancar de cuajo lo que contamina su alma rota.
- Ese señor, el de las rosas rojas… - dice en un suspiro, mientras escarba la tierra húmeda con su palita. -Un hombre que deja flores a una mujer, es un caballero. Como lo era Fernando cuando estábamos juntos- dice, y los ojos se le humedecen. -Ese hombre va a ser mi salvación. Ya vas a ver, Lourdes… Ya vas a ver...
Lo que la señora no sabe, es que yo sé quién es el de las rosas rojas. Lo veo llegar tempranito a la mañana, antes de que salga el sol, mientras preparo el desayuno y tiendo la mesa. Algunas veces, cuando se da cuenta de que lo miro desde la ventana de la cocina, me sonríe con complicidad y apoya el dedo sobre sus labios, pidiéndome discreción. Asiento con la cabeza mientras apoya el arreglo de flores sobre el tapete y se va en silencio, tal como llegó. Nunca dije nada. Soy muy reservada. Y a veces, cuando llama a la casa y pregunta por la señora, me agradece el gesto.
- De nada, Don Fernando. Su secreto está bien guardado.

1 comentario:
Que puedas continuar desarrollando este hermoso talento que, afortunadamente o gracias a Dios, has podido descubrir y lo llevas a la práctica tan bien. Cada texto tuyo invita a seguir leyendo así que espero puedas compartirnos muchos más.Te felicito!!!!!!!
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