domingo, 27 de enero de 2008

Un soneto me manda hacer Violante

La primera vez que vi una foto de mi madre tenía yo diez años. Recuerdo que lo que más me sorprendió fue la blancura de su piel y la delgadez de su cuerpo. Los pómulos sobresalían de su rostro y la gran sonrisa dejaba entrever la felicidad del momento. Durante todo ese tiempo había vivido sin saber prácticamente nada de ella, salvo las pocas cosas que mi abuela paterna, Finita, me contaba a escondidas de mi padre. Él no hablaba sobre el tema. Cuando se acostaba junto a mí y terminaba de leerme un cuento, siempre intentaba que me contara algo de ella. Pero siempre encontraba la manera de responderme con evasivas.

Mi abuela falleció cuando cumplí los 7 años, así que fue poca la información que pude conseguir de ella. Sin embargo una noche ocurrió lo inesperado. Mi padre, seguramente cansado de mis constantes insistencias o quizás presionado por su propia conciencia, dejó sobre mi mesa de luz la foto del milagro. La miré sin necesidad de preguntar quién era la mujer que posaba sonriente y abrazada a un hombre, que supe en seguida era mi padre cuando joven. Estaban sentados sobre el capot de un Buick 1961 Electra Coupé. Aunque la fotografía era en blanco y negro, se notaba claramente que era un soleado día de verano. Ella llevaba puesto un vestido claro, ajustado hasta la cintura y suelto hasta las rodillas. Los zapatos blancos, con un minúsculo botón que sostenía la tirita de cuero y que dejaba al desnudo parte de su empeine, se apoyaban sobre el para golpes. Las piernas finamente cruzadas se rozaban con las de mi padre quien, vestido con una camisa de mangas cortas y un pantalón de pinzas, le pasaba el brazo por la cintura, dejando en claro que esa… era su chica. De sus labios colgaba un cigarrillo, y la mueca que se dibujaba en su rostro me llenó de nostalgia al encontrar en ella rastros de su juventud. En la actualidad, mi padre era muy diferente al joven de la foto. Tenía un surco de canas que le recorría el contorno de la cabellera, una barriga que aumentaba su tamaño año tras año y unas manos grandes y robustas, con las que solía acariciarme las mejillas, aunque más bien me palmaba torpemente, siempre inseguro ante las muestras de afecto.

Lo que más me gustaba hacer al dar vuelta la fotografía era leer lo que alguien, quizás el primo de mi madre que creo que fue quien la tomó, había escrito con lápiz: “Violante y Beltrán. Viale, Entre Ríos, enero de 1966”. Tenían 21 y 28 años respectivamente. Diez años más tarde, tuvieron a su primera y única hija, a la que llamaron también Violante.

Mi padre y yo vivíamos solos en una pequeña casa en un pueblo que dependía principalmente de la base aeronaval que se encontraba del otro lado de la ruta. Mi padre era mecánico de aviones, como lo fue su padre antes que él. Había nacido en Punta Alta y hecho un curso de mecánica aeronaval. Cada mañana, desde hacía 9 años se subía a su bicicleta y pedaleaba hasta el taller de la base. Los suboficiales de la entrada lo habían apodado “Gato”, porque al caer la noche, cuando emprendía el regreso a casa, lo veían acercarse en su bicicleta y, a medida que se aproximaba a ellos, sus azulinos ojos reflejaban las luces de los reflectores y parecían los de los felinos, brillantes ojos que resplandecen en la noche. Para cuando entraba a casa, yo ya había vuelto del colegio caminando, hecho los deberes y aseado la casa. Los fines de semana solíamos ponernos los guantes de goma, sacar todos los baldes y trapos del diminuto lavadero, y hacer las denominadas “limpiezas profundas” del baño, los dos dormitorios, el living - comedor y la pequeña cocina. Era una casa muy modesta, pero su encanto yacía puertas afuera, en el jardín plagado de limoneros, mandarinos y de un surco de violetas que mi padre había plantado para mí apenas nos mudamos. En septiembre, los inmaduros frutos se asomaban por entre las brillantes hojas verdes de los arbolitos y anticipaban la llegada de la primavera. Las violetas, en cambio, se destacaban del montón por sus flores moradas, y que representaban el orgullo de mi padre. A él le encantaba contarme que a aquella planta se la reconoce como símbolo de la modestia, debido a que sus pequeñas flores parecen esconderse tímidamente bajo sus hojas grandes y acorazonadas. “Violante quiere decir “pueblo de violetas”, me repetía cada vez que las regábamos.

Y así fue mi infancia. Una niñez que mi padre se esforzó por inundar de pequeños momentos que hicieran historia. Al menos una vez al mes me llevaba en su bicicleta, sentada sobre el manubrio, a ver despegar y aterrizar los aviones que él mismo había reparado. Los uniformados suboficiales y sus conscriptos nos saludaban con la venia al vernos pasar, y así recorríamos las cuatro o cinco cuadras hasta el galpón donde funcionaba el taller, como un hospital de aeronaves que yacían dormidas a la espera del despegue y el tan ansiado vuelo por los claros cielos de la zona. Detrás de los múltiples depósitos estaba la pista, sobre la que se encontraban varias naves expuestas en fila, posando bajo el sol y demostrando la impecable ingeniería de sus creadores y el cuidado de cada miembro de la base, desde el Comandante de Aviación Naval hasta el último mecánico, que cuidaba y veneraba cada avión como si su vida dependiera de ello.

El ensordecedor ruido del despegue me obligaba a taparme los oídos. Me sentaba sobre sus hombros y aún así sentía el retumbe que provocaba la estruendosa maniobra. El avión tomaba velocidad mientras sus las cubiertas de las llantas giraban sobre el asfalto. De repente, y con la mayor elegancia que vi en toda mi vida, comenzaba a volar. Se desprendía de la tierra para formar parte del cielo. Se cubría el sol con la mano apoyada sobre su frente para evitar que el resplandor del día le impidiera ver con claridad la destreza de la nave que se alejaba con rapidez, dejando tras de sí los testigos del increíble ascenso y el ruido resonante de las turbinas trabajando a toda su capacidad.

Era mágico. Increíble. Mi padre permanecía varios segundos mirando el avión alejarse, hasta convertirse en un diminuto punto en la majestuosidad del cielo. Yo sacudía mis piernas que colgaban sobre su pecho para avisarle que el espectáculo había terminado, pero él no podía evitar asombrarse cada vez que presenciaba un despegue. Todos le parecían tan particulares y diferentes entre sí, que merecían ser presenciados con la mayor atención que uno pudiera brindarles. Siempre me decía “No te imaginás todo lo que tiene que suceder en ese avión para que pueda volar”. El grupo de mecánicos, e incluso algún que otro oficial que se había detenido a ver la “función”, se dispersaba rápidamente. Nosotros no. A medida que todos se disgregaban por la pista como un grupo de hormigas desorientadas, mi padre y yo seguíamos de pie, con nuestras manos sobre la frente tapándonos el sol, anhelando un capítulo más de aquella maravillosa partida.

Sin embargo, los aterrizajes eran los que mi padre consideraba más desafiantes. Era una de las maniobras más complicadas para el aviador, y requería de toda su concentración y de un minucioso cálculo para no terminar estrellado contra una torre de control. Si el ruido del despegue era ensordecedor, el del aterrizaje sacudía la tierra. Las cubiertas de las pequeñas ruedas del avión al tocar la pista generaban una reacción física tan súbita y poderosa, que el estrépito era comparable a ningún otro ruido jamás escuchado.

Todo en el pueblo de Espora giraba en torno a la Base. La rodeaban un sinfín de casas idénticas, con sus naranjas tejados y sus prolijamente podados cercos, en las que vivían los oficiales y suboficiales de la Armada. Del otro lado de la ruta se extendía el pueblo. Humildes casas, un sencillo cine y varios almacenes y comercios familiares, donde uno podía encontrar lo justo y necesario para el estilo de vida que allí se desarrollaba. Las calles eran en su mayoría de tierra y los aburridos perros merodeaban los rincones a la búsqueda de alguna cómoda guarida donde echarse o de un trozo de comida para saturar el insaciable apetito del eterno vagabundeo.


Era un pueblo polvoriento, apartado de la gran ciudad, de las avenidas transitadas y las circuladas veredas de Bahía Blanca. Odiaba pensar en que lo más probable sería llegar a ver mi muerte en ese rincón olvidado del planeta. Lo había amado de pequeña, seguramente porque mi padre también lo hacía y se encargó de que para mí, Espora fuera el paraíso. Pero con el correr del tiempo y la llegada de mi adultez, comencé a darme cuenta de que nadie nunca salía de ese pueblo.

Los años trascurrieron casi sin aviso. Mi padre envejecía y, aún así, mantenía el hermetismo y la mudez de siempre en torno a mi madre y a todo lo que tuviera que ver con ella. Las únicas dos pruebas de que Violante Stieben había existido, eran la irrefutable certeza de que yo era su hija y la foto que me descansaba muda en el cajón de mi cómoda.

Al terminar el secundario en la humilde escuelita de Espora, tuve que renunciar a mi sueño de irme a Bahía Blanca a estudiar Bellas Artes para quedarme en mi casa, ayudando y acompañando a mi padre, como siempre lo había hecho. Él insistía cada noche, mientras cenábamos, con que mis abuelos paternos hubieran querido que yo estudiara una carrera y me recibiera. Mi abuela Finita había sido una de las pianistas más reconocidas de Punta Alta. Participó de la orquesta provincial y hasta llegó a tocar en el Teatro Colón, el día que éste dio una serie de conciertos orientados a conocer y descubrir orquestas del interior del país. Mi abuelo Luis, igual que mi padre, se dedicó a la mecánica. También trabajó en una Base, a 30 kilómetros de Bahía Blanca, que fue y sigue siendo el mayor asentamiento naval del país. Cuando mi abuelo falleció, a los 54 años, mi abuela se volvió con sus dos hijos a Punta Alta. Mi padre, que para ese entonces tenía 22 años, estaba en la mitad del curso de mecánica y tenía un trabajo de medio tiempo en una ferretería. Yo intentaba convencerlo de que era feliz como maestra de la escuela, y que ahí yacía mi real vocación, que el arte era para los bohemios o para los hijos de aquellas familias adineradas, que pueden darse el gusto de pasarse el día pintando entre marihuana y cocaína mientras sus padres cubren todas sus necesidades. La triste realidad era que no me animaba a cruzar los límites del pueblo. Imaginaba el caos y la multitud de Bahía Blanca y no podía concebir la idea de formar parte de ello. Comencé a darme cuenta de que me había convertido, como tantas otras mujeres, en una pueblerina más, que se sienta en la puerta de su casa a escuchar el ruido de los camiones abriéndose camino hacia las inmensas ciudades del país, pero que nunca ha visto una. Y me resigné. A que mi vida girase en torno a mi padre y a su compañía. En definitiva, no tenía a nadie más en el mundo.

Porque de mi madre, repito, nunca conocí nada. Nunca supe cómo era el timbre de su voz. Nunca supe qué le gustaba hacer, si disfrutaba como yo de salir afuera los días de lluvia y arrodillarse en los charcos, meter las manos en ellos y apretar bien fuerte, mientras sentía el barro escurrirse entre los dedos. Nunca supe si mi pasión por el arte la heredé de ella. No llegué a conocer el aroma de su piel. Mi padre, en cambio, siempre olía a limón. Seguramente porque a la mañana se pasaba quince minutos exprimiéndolos, asegurando que, mezclando su jugo con un poco de agua y una sola mandarina al día, eran el remedio perfecto a todos sus malestares físicos. Yo, en cambio, creo que lo hacía porque amaba pensar que esos frutos eran el producto de su propia cosecha. Cada limonero y cada mandarino que crecía en el patio de la casa, había sido cuidadosamente plantado, regado y atendido durante toda su existencia. Pero de mi madre, por el contrario, nunca percibí aroma o fragancia alguna. Nunca supe si fue impulsiva como yo o cautelosa como mi padre; si fue romántica y afectuosa o arisca y tímida como él. Nunca, nunca supe nada de ella más que lo que cuento en estas líneas.

Mi padre falleció un 13 de octubre. Tenía 67 años y yo, 29. Estábamos conversando Él, sentado en la mecedora del patio, pelando las mandarinas que comía cada mediodía luego del almuerzo, y admirando el precioso jardín que había plantado para los dos mientras yo secaba los platos. Como no respondió a una de mis preguntas, supuse que se había quedado dormido. ¡Qué ironía! Estaba profundamente dormido, tanto, que nunca despertaría. Al comprobarlo, dejé caer de mis manos el plato de vidrio que se estrelló contra el piso provocando un ruido tan agudo como lo fue el gemido que nació desde lo más profundo de mi garganta. Mi padre, con toda la calma y toda la paz que rodeaba su cuerpo, había muerto. Muy despacio me senté en el suelo junto a él y apoyé mi cabeza sobre su regazo. Sus robustas manos abrazaban la última mandarina que sostuvo entre sus dedos. Lloré como no recuerdo haber llorado jamás en mi vida. Con su muerte nacía la terrible convicción de que estaba sola en el mundo. Mi padre me había dejado completamente huérfana y con él se habían ido todo mi pasado y mi corta historia.

Lo que más me gusta recordar cuando pienso en los años que vivimos los dos, juntos y solos, es el momento en el que me despertaba para salir a hacer las compras, como cada fin de semana. No me despertaba con un “Buenos días” ni un “A levantarse que se hace tarde”. Sus palabras eran aún más románticas, más cálidas, más únicas. Solía sentarse junto a mí en mi cama y comenzaba a recitarme aquel poema de Lope de Vega.

Y así lo recuerdo: pasional, honesto, sensato, fiel y lleno de sabiduría, pese a la humildad que siempre nos rodeó.

A la mañana siguiente de su muerte, puse en venta la casa. Pedí una licencia por tiempo indeterminado en la escuelita. Le pedí a Melina, la vecina de enfrente, que por favor guardara la bicicleta de mi padre, prometiéndole que algún día volvería a buscarla. Armé una valija y llené una bolsa de mandarinas y limones. Corté una violeta y la metí en un libro, que guardé cuidadosamente en mi equipaje. Y sin nada más, abandoné la casa. La dejé detrás de mí, desvalida, abandonada, y a la espera de su próximo habitante.

Y partí rumbo a mi próxima parada: Viale, la de mamá, al encuentro de su historia, de cada trozo de su existencia que pudiera encontrar en su ciudad natal.

Y mientras caminaba por el sendero de piedras que me alejaba de la casa, sonreí al pensar en lo paradíojico del destino, que nos quita algo para entregarnos, a cambio, otro de sus tesoros. Y recité, como lo hizo tantas veces mi padre antes de mí, mi poema preferido:

Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tal aprieto;
catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

He llegado aqui paseando... te he leido y me han emocionado tus escritos, que envidia, como me gustaria saber escribir....
Saludos desde España

Anónimo dijo...

No tenia ni idea de esta habilidad tuya,es maravillosa y no la pierdas nunca segui adelante,no hay nada mas lindo que poder expresar en letras lo que uno piensa.FELICITACIONES ES POCO....