domingo, 30 de marzo de 2008

El séptimo lirio


Mora pagó el ramo de lirios y miró de reojo al hombre alto y flacucho que esperaba junto a ella para ser atendido. Pudo divisar un rostro que denotaba varios días sin ser afeitado, un piloto gris del que se desprendía un fuerte olor a cigarrillo y una mirada penetrante que le erizaba la piel. Creyó haberlo visto antes, posiblemente ahí mismo, pero no estaba segura. La florista hizo un ruido, como limpiándose la garganta, buscando atraer nuevamente la atención de su clienta. Mora la miró confundida, y recién cuando la vio sosteniendo el ramo que acababa de comprar, fue que lanzó un titubeante “Claro… las flores…” y esbozó una sonrisa tímida. De inmediato pegó la vuelta y se dirigió a la puerta del local. Se deslizó con cuidado de no rozar nada a su paso y provocar así la caída de algún arreglo floral -con soporte de vidrio, agua y todo-, lo que hubiera significado un gasto significativo, porque la florería de Paloma era, sí, la más cara. Una mezcla de perfumes y aromas dulces envolvía cada rincón del minúsculo salón, y hacía meses había comprobado que era alérgica al polen. Sin embargo, se rehusaba a dejar de visitar la florería. Era su lugar preferido. Lo primero que hacía cuando salía del trabajo era caminar las cuatro cuadras que la separaban del local y comprar un ramo de siete flores. Siete, como la cantidad de gatos que tenía y como las veces que le rezaba a María antes de acostarse. Siete, como el día del mes de Abril en el que nació. Algunas veces eran rosas, otras anémonas, y algunas otras, crestas de caballo. Y, así, su casa estaba repleta de especies florales que se amontonaban en los numerosos jarrones que había comprado en su primera visita a la florería. Ese día, había elegido unos lirios de un intenso color naranja.

Sin embargo, el hombre delgado de piloto gris la había incomodado lo suficiente como para que casi olvidara llevarse su ramo de todos los días. Mora se volteó antes de abandonar la florería y lo miró nuevamente, buscando en él otro gesto intimidante que la ayudara a justificar tanta incomodidad. Pero no. El hombre conversaba con Paloma sin prestarle atención. Meneó la cabeza mientras se lamentaba de su paranoia, y salió a la calle. Lloviznaba levemente, y de inmediato se arrepintió de haber salido de casa sin su paraguas, pese a las advertencias del meteorólogo de las noticias. “Posibles tormentas y chaparrones hacia el final de la tarde” había sido el aviso. Lo que la mortificaba no era mojarse, ni arruinar su saco nuevo de pana violeta. En cambio, le preocupaban las flores. Abrió su abrigo de par en par y, contra su pecho, cobijó el ramo de lirios. El cielo no tardó en tornarse de un grisáceo oscuro que insinuaba la pronta llegada de la tormenta. Caminaba con ligereza mientras esquivaba a los pocos transeúntes que se topaba a su paso. Pronto estuvo sola en la angosta calle. De un momento a otro, el día se transformó en noche. Una gigantesca nube negra cubrió el pueblo y Mora se inquietó por llegar rápido a casa. De repente, y por alguna razón que no supo descifrar con claridad, un escalofrío le recorrió la espalda y la obligó a sacudirse. Se detuvo y, con el corazón latiéndole con desesperación, giró levemente la cabeza y miró de reojo sobre su hombro. Sólo pudo ver la calle desierta, algunos papeles desplazándose sobre la vereda a merced del viento y un perro vagabundo dando vueltas sobre sí mismo mientras intentaba acomodarse en el umbral de una casona. Levantó la vista, mientras la llovizna la obligaba a entrecerrar los ojos, y miró las copas de los árboles agitarse mientras el ruido de las hojas batiéndose sobre sus ramas se mezclaban con su respiración agitada. Mora abrazó el ramo de lirios que aún permanecía resguardado bajo su saco violeta y retomó el paso. El viento se tornaba cada vez más enérgico, y lo que empezó como una llovizna molesta, poco a poco fue convirtiéndose en una serie de gotones intermitentes que golpeaban su rostro. Entonces, entre el incesante tac tac de sus botas golpeando las baldosas acanaladas, pudo percibir el ruido de pasos ajenos. Sintió las palpitaciones de su corazón retumbarle en el pecho con la misma intensidad con la que un martillo golpea con fuerza una tabla. Le costaba respirar, y tomó una fuerte bocanada de aire para saciar la sensación de ahogo que la invadía. El intervalo del tac tac de sus botas se hacía cada vez más corto. Los ajenos, no. Eran, en cambio, pasos firmes, pesados, como los de un hombre caminando con determinación y sin apuro. ¿Cómo podía ser que, entonces, los sintiera cada vez más cerca, si ella no hacía más que aligerar su andar? Sentía la necesidad imperiosa de voltear a ver quién la perseguía, pero el pánico se lo impedía. A lo lejos, divisó la casa, y decidió que correría hasta ella. Sus piernas daban zancadas en el aire y temió no llegar a tiempo antes de que la catástrofe que parecía inevitable se le adelantara. Mientras corría, revolvió el bolsillo de su abrigo buscando las llaves. Haciéndolas desfilar entre sus dedos, las palpó una a una hasta que detectó la llave larga y fina de la entrada principal. Así, sin siquiera mirarla, y con el andar ajeno retumbando detrás suyo, sacó la llave del bolsillo y se abalanzó sobre la puerta. Mientras la hacía girar en la cerradura, escuchó la voz de un hombre gritando su nombre. “¡Mora!”. Y la puerta se abrió. Se abalanzó hacia adentro de un salto y justo en el instante en el que pegaba el portazo, un estruendo en el cielo trajo consigo la caía de una lluvia pesada y cargada.

Se apoyó sobre la puerta y permaneció así unos segundos, mientras recuperaba el aliento y se convencía de que ya estaba a salvo, no sólo de la tormenta ni de aquellos pasos ajenos y siniestros que la habían acechado hasta su casa, sino de la voz que pronunció su nombre. La lluvia caía con fuerza seguida de ruidosos truenos, y era prácticamente imposible vislumbrar el interior de la casa debido a la oscuridad del día. Mora dejó caer el juego de llaves sobre el piso. Respiró profundo y tanteó la pared para encender la perilla de la luz. Nada. “Se habrá cortado por la tormenta”, dijo con desconfianza. Pensó en mirar por la mirilla de la puerta, pero no se animó. El miedo la paralizaba. Permanecería así un rato más, hasta que pudiera calmarse lo suficiente como para buscar algunas velas. Entonces, recordó las flores. Con cuidado, abrió su saco para inspeccionar el estado de sus lirios anaranjados. Estaban bastante más íntegros de lo habría creído. Cerró sus ojos y sintió un leve alivio. Habían sobrevivido mejor que ella al espeluznante episodio, y hasta parecían no haber perdido su aspecto virginal e incólume, a pesar de la ajetreada caminata. Mora escuchó el maullido de uno de sus gatos y en seguida reconoció a Antígona. La miró acercarse y, lentamente, se agachó para tomarla entre sus brazos. Uno a uno fueron aproximándose los restantes seis felinos. Los recibía con una caricia en el cogote y un leve rechinamiento de su lengua contra su paladar, que parecía calmarlos de la lluvia intensa que aún agitaba la casa. “Vengan con mamá. No tengan miedo. Miren qué lindos lirios les traje hoy”. Entonces, un golpe a la puerta la sacudió por completo. Mora se puso de pie con tal brusquedad, que varios de los gatos lanzaron un maullido quejoso y arisco. Mientras se deslizaban por entre las piernas de la dueña, ronroneando y rogando más caricias, otro golpe volvió a agitarla. Mora se llevó la mano a la boca y abrió sus ojos llenos de pánico, como quien tiene frente a sí su peor pesadilla hecha realidad.

- ¡Mora!- gritaba la que parecía la misma voz que la había invocado antes.

Pensó que terminaría con todo. Ya era suficiente. Era una mujer fuerte y podía defenderse. La adrenalina recorriéndole el cuerpo la hacía sentir audaz. Lentamente, se agachó y tanteó por entre los cuerpos de los gatos hasta que encontró las llaves. Tomó la misma llave angosta y fina que abría la puerta de su casa y que la salvó del peligro amenazante. Se puso de pie.

– ¡Mora!- gritaba la voz con más fuerza, mientras la tormenta seguía sonando con imponencia.

Aún permanecía de espaldas a la entrada. Soltó los lirios sobre sus mascotas y envolvió con sus dedos transpirados la manija de la puerta. Lentamente la giró y, con ella, su cuerpo. En su otra mano aún sostenía fuertemente la llave que insertaría con determinación en la carne de quien la asediaba. Pero una vez que la puerta se abrió y estuvieron frente a frente, Mora sintió que se le paralizaban los músculos.

- Usted…- titubeó, confundida. El hombre delgado de la florería estaba parado en la puerta de su casa, con el mismo piloto gris y la misma delgadez que recordaba. Estaba empapado y de su rostro sin afeitar caían gruesas gotas de agua. Mora vio que en una de sus manos sostenía un lirio naranja, idéntico a los que había comprado ella. Con una mueca, el hombre extendió su brazo y le se la ofreció. La lluvia y el viento sacudían el piloto de su extraña visita. Llena de desconcierto, Mora tomó la flor entre sus dedos.

- Disculpe si la asusté, lo que pasa es que Paloma olvidó poner en el ramo el séptimo lirio, y yo me ofrecí a alcanzárselo.

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