
Me hizo acordar. Lo había olvidado. Pero hay sueños que me recuerdan que sigo de luto. Que aunque no vista de negro y a pesar de no llorarlo como antes, como bien decía Miguel de Hernández, por momentos siento más su muerte que mi vida.
Esa noche calurosa hay una fiesta en la casa de mis tíos. Mi tía está incómoda, molesta. Invadieron su casa. Está llena de desconocidos. Es una fiesta ajena en su propio espacio.
En la parte trasera la pileta no está. Tampoco los árboles. Ni el puente de madera. Del salón de juegos, ese donde está la mesa cuadrada con el paño verde, donde jamás vi a nadie, hay una puerta que sale directamente al jardín que desapareció. En su lugar, hay una playa. La arena húmeda y pesada se filtra por mis pies desnudos. Hace calor, mucho calor.
Hay gente. A lo lejos, en la orilla, hay gente conversando, y una luz, la luz de la luna blanca y radiante, los ilumina. Me acerco a ellos. Entonces veo a alguien en el agua. El agua oscura, agua que silba, que murmura. Mis pies se humedecen. No importa. Miro mar adentro. ¿Quién está en el agua, con el torso desnudo y los brazos abiertos de par en par? Me está esperando, creo, porque me mira.
Es mi padre. Mi padre que no está. Me acerco y mi vestido largo color salmón se vuelve más pesado. Se enreda entre mis piernas y me hace difícil avanzar. El agua está fría, helada. El aire es verano; el mar, invierno.
Extiendo mis brazos y así, como un ave con las alas abiertas, avanzo hacia él. Me sonríe. Le devuelvo el gesto. Cuando me envuelve, siento su cuerpo tibio contra el mío.
Es primavera.
¿Dónde estuviste? ¿Cómo me encontraste?
¿A dónde es que volvés cada vez que me despierto?
Esa noche calurosa hay una fiesta en la casa de mis tíos. Mi tía está incómoda, molesta. Invadieron su casa. Está llena de desconocidos. Es una fiesta ajena en su propio espacio.
En la parte trasera la pileta no está. Tampoco los árboles. Ni el puente de madera. Del salón de juegos, ese donde está la mesa cuadrada con el paño verde, donde jamás vi a nadie, hay una puerta que sale directamente al jardín que desapareció. En su lugar, hay una playa. La arena húmeda y pesada se filtra por mis pies desnudos. Hace calor, mucho calor.
Hay gente. A lo lejos, en la orilla, hay gente conversando, y una luz, la luz de la luna blanca y radiante, los ilumina. Me acerco a ellos. Entonces veo a alguien en el agua. El agua oscura, agua que silba, que murmura. Mis pies se humedecen. No importa. Miro mar adentro. ¿Quién está en el agua, con el torso desnudo y los brazos abiertos de par en par? Me está esperando, creo, porque me mira.
Es mi padre. Mi padre que no está. Me acerco y mi vestido largo color salmón se vuelve más pesado. Se enreda entre mis piernas y me hace difícil avanzar. El agua está fría, helada. El aire es verano; el mar, invierno.
Extiendo mis brazos y así, como un ave con las alas abiertas, avanzo hacia él. Me sonríe. Le devuelvo el gesto. Cuando me envuelve, siento su cuerpo tibio contra el mío.
Es primavera.
¿Dónde estuviste? ¿Cómo me encontraste?
¿A dónde es que volvés cada vez que me despierto?

2 comentarios:
Te escribo desde España.
Tu Mar Adentro es muy conmovedor.
Felicitaciones!
Hermosísimo Vera.
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