jueves, 3 de julio de 2008

La muerte del jacarandá



A veces sé que está. Otras no estoy seguro. Hoy juraría que estuvo presente. Se anunció temprano en la mañana, antes de que saliera el sol, cuando estaba en la cocina desayunando. La siento dar vueltas por la casa, aunque no puedo explicar cómo ni porqué. Pero algo me dice que está, algo adentro, como una intuición, un sexto sentido. Por momentos creo que el dolor agudo de su partida, la falta de sueño o la soledad repentina me están haciendo ver o sentir cosas que no son. Pero después sé que su presencia es tan real como su ausencia.

No es ilógico pensar que eligió permanecer al lado mío un tiempo más. Siempre fuimos inseparables y ahora debe sentir que no voy a poder sin ella. Y lo que sentimos no muere con la muerte. Al contrario, supera toda ley natural. Si yo digo que Paloma es el amor de mi vida, ¿cómo va a dejar de serlo si yo sigo vivo?

Mientras trabajo estoy tan concentrado en los textos que pierdo noción de su presencia. Es más, me atrevería a decir que al escritorio nunca entra. Será porque es mi espacio, y eso la moviliza demasiado. Es como un portal que no se atreve a cruzar. Allí parece que nos separamos, que perdemos contacto. Ella está de un lado de la puerta y yo, del otro.

Hoy, cuando terminé las primeras cincuenta páginas y decidí hacer un recreo, me llamó la atención que la puerta de su atelier estuviera abierta. Siempre permanece cerrada. Cuando salgo, tengo especial cuidado de cerrarla. No quiero que nada lo contamine, no quiero que nada lo perturbe. Su atelier quedó tal cual lo dejó antes de salir aquella noche. Algunas de sus brochas todavía están sumergidas en el vaso grande de vidrio. Los óleos rojos que estaba usando para terminar el fresco de las rosas del jardín quedaron prolijamente ordenados sobre la mesada de madera clara. Esa mesa con manchones de pintura que le regaló su padre y de la siempre se negó a desprenderse. Seguramente olvidé la puerta abierta la última vez que entré. Qué extraño.

El fin de semana no estuvo. Estaba seguro de que la sentiría cerca. Le hablé, la busqué. Pero la soledad y la ausencia eran tan rotundas que parecían retumbar en las paredes de la casa. Fue la primera vez en semanas que sentí realmente su desaparición. Me costó concentrarme en las traducciones y me la pasé durmiendo. Perdí noción del tiempo, y la noche llegó rápido y el día casi no lo viví. Eso me incomoda: tener los horarios alterados. Era algo que ella odiaba: no disfrutar del día. Quizás eso la fastidia: ver cómo el desorden de la casa y de mi rutina va ganando lugar. Quizás por eso no entra a mi escritorio, porque no soporta el caos de papeles tirados y libros revueltos. No recuerdo haber sido tan desordenado con mis cosas. No tenía tiempo, porque ella en seguida entraba a poner cada cosa donde iba. Los pesados diccionarios ocupaban el primer estante, por decisión de ella. En el de abajo estaban los libros que adquirí por propia cuenta, luego los que me quedaron de la facultad, y por último, los que me han ido regalando con el tiempo. Sobre mi sillón de cuero negro está el cuadro que pintó al poco tiempo de que regresamos de luna de miel, aquel de la nena rubia que camina por la orilla arrastrando un barquito de juguete por la arena húmeda. Sin embargo, desde aquella noche todo está fuera de lugar. No me acuerdo de haberlo desordenado tanto, pero en realidad no recuerdo mucho de aquellos primeros días. Quizás en algún arranque de ira… Me acuerdo de haber sentido mucha bronca. Esa bronca mezclada con la confusión que provoca la muerte al principio. Esa necesidad de repartir culpas, de buscar respuestas donde no las hay, de filosofar sobre algo tan mundano como la muerte, algo tan inevitable. “¿Por qué a mí? ¿Por qué ella?”. Son preguntas que uno ha escuchado mil veces repetir a los demás pero que, cuando se las cuestiona uno, parecen lógicas, hasta originales.

Comenzó a tocar cosas, a hacer más evidente su presencia. Hoy la sentí toquetear las paletas y pinceles, porque mientras estuve en el escritorio escuché un ruido semejante al que solía hacer cuando pintaba. Vuelvo a sospechar que la falta de sueño o esas pastillas nuevas que aparecieron sobre mi mesa de luz y que no recuerdo haber comprado están haciéndome perder la cabeza. Pero en cuanto vuelvo a escuchar el golpeteo de pinceles no puedo evitar salir corriendo y entrar bruscamente al atelier. Entonces se detiene. Y otra vez el silencio absoluto de su ausencia. Se me vuelve a escapar de las manos. Cuando salgo a su encuentro, cuando creo que puede estar en un lugar de la casa, la pierdo.

Hay cosas que extraño más que otras. Es increíble que la mente discrimine detalles que hasta entonces parecían cotidianos e insignificantes. La manera en la que su pelo negro le rozaba la nuca cuando movía la cabeza de lado a lado. La forma en la que se untaba las piernas con crema después de bañarse. Su obsesión por no dejar recipientes destapados y hasta esa rara costumbre de caminar siempre bien pegada al cordón de la vereda. Paloma se llevó todo eso, los detalles a los que estaba acostumbrado. No sueño con ella, como pensé que pasaría. En realidad no recuerdo lo que sueño. Hay muchas cosas del día que pareciera que me salteo, que no las vivo.

Desapareció el cuadro. Lo busqué por todas partes pero no pude encontrarlo. ¿Cómo puede ser que haya desaparecido el cuadro? Era mío, su regalo. Debería saber lo mucho que significa para mí, especialmente ahora. El árbol en el que, según soñó, yo me transformaba. Las hojas tenían el color que por primera vez pudo crear. Una suerte de índigo con tonos violáceos. Era doblemente especial, y ella lo sabe.

Hay tensión en la casa. ¿Será cierto eso de las almas que quedan atrapadas entre los dos mundos sin saberlo? ¿Será posible que Paloma esté viviendo la casa más como una viva que como una muerta? Me atormenta pensar en eso. Ahora tengo pesadillas. Anoche desperté sudando frío. Creo que soñé con aquella noche en la playa. Estoy seguro de que la sostuve mientras le duró el calambre. No entiendo cómo, pero en un momento me di cuenta de que ya no la tenía entre mis brazos. Era excelente nadadora, siempre lo fue. El frasco de pastillas desapareció. Me las debo haber tomado todas, pero ¿dónde habrá un frasco lleno? Todavía no recuerdo haber comprado ninguno.

Cerró la puerta de mi escritorio. Imposible abrirla porque nunca tuvo llave. Paloma se rebela, contra su muerte o contra mi vida. La siento enojada, porque el golpeteo de los pinceles es más brusco y hasta escucho que la puerta de su atelier se azota muy seguido. Al principio pensé que sería alguna corriente de aire, pero ya no. Parece empecinada en incomodarme. ¿Estará enojada conmigo? ¿Me estará echando la culpa por no haber podido sostenerla?

Me despierta un quejido. Una especie de susurro irritado. Me levanto despacio y camino lentamente por la casa a oscuras. Un hilo de luz se filtra por debajo de la puerta de su atelier. Siento cómo el corazón me retumba en el pecho, como el galope de un caballo. Giro la manija y, con cuidado, abro la puerta. No descifro qué dice el susurro pero ahora se parece más a un lamento que a una queja. Entro despacio, mientras miro atentamente cada rincón de la habitación. Es un caos. Las fotos familiares, esas que colgó de una pared de corcho para sentir más cerca a la familia que dejamos en Uruguay, están desparramadas por todas partes. Las paredes están manchadas con pintura, como si alguien hubiera vaciado los potes y hubiera esparcido el contenido con las manos. Los canastos de mimbre que compró en la feria están vacíos, y las brochas y paletas están dispersadas sobre la mesada de madera clara. La piel se me eriza y mientras avanzo tratando de esquivar los libros que están tirados en el piso, veo que hay una pintura nueva sobre el caballete. Mientras me aproximo, el lamento se transforma en una súplica. Algo me está pidiendo. Me paralizo. ¿Será eso? ¿Seré yo el que la retiene, el que la mantiene prisionera en esta casa? Miro alrededor pero nada se mueve. Sólo está el llanto de Paloma que llega desde todas direcciones. Vuelvo a mirar el cuadro. Lo miro atentamente. Es una sombra. No, no es una sombra. Es un árbol. Un árbol seco, deshojado. Es el que soñó… Paloma sigue murmurando. El árbol es el mío. ¿Qué susurra?… Me pide, me suplica… que la perdone… por no haberme sostenido con más fuerza aquella noche.

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