
Se comentaba que la única persona que había visitado alguna vez la Villa Paradiso Perduto había perdido la cordura al salir. Gastón nunca pudo explicar con claridad lo que vivió ahí dentro, pero nunca nadie dudó de que debió ser algo lo suficientemente espantoso como para que un joven como él acabara tan perturbado.
Un precario cartel de venta estaba colgado desde hacía varios meses junto al portón, pero, por algún motivo, la casa resultaba invendible. Ningún habitante de Punta Alta mostraba interés en adquirirla. Sin embargo, todos reconocían la belleza que había reinado detrás de aquel oxidado portón de hierro torneado, en las buenas épocas de la familia Paradiso, antes de que las hiedras se apoderaran de los muros blancos y de que las malezas invadieran cada rincón del frondoso jardín. Fue incluso antes de que las puertas y ventanas se cerraran para siempre y de que no se viera nunca más entrar o salir a alguien de allí.
Pero Gastón no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad de comprarla por culpa de rumores infundados. Para él, valía la pena visitarla. Y si, efectivamente algo fuera de lo normal pasaba en esa casa, lejos de causarle desinterés, eso lo aumentaba. Así que, mientras tomaba asiento en el gigantesco sofá, sonrió al recordar las palabras de su hermana menor
- Ahí no vive nadie. Ya están todos muertos. Lo único que vas a encontrar cuando entres son los esqueletos que todavía nadie se animó a sacar.
Gastón permanecía en silencio, observando la enorme sala. La gran araña que pendía del altísimo techo no alcanzaba a iluminar el amplio ambiente, y la penumbra se hacía mayor debido a que la única ventana que daba al exterior estaba completamente tapiada. En la sala había una monumental biblioteca plagada de libros viejos. Los pocos y viejos muebles que había estaban desplegados a una pronunciada distancia uno del otro, como en un afán por abarcar con ellos la totalidad de la sala. De la boiserie de las paredes colgaban enormes marcos dorados a la hoja. El muchacho se inclinó y entrecerró los ojos para divisar las imágenes, pero se sorprendió al comprobar que los cuadros estaban vacíos.
- Dígame, entonces. ¿Usted también es de acá?- lo interrumpió su anfitriona. Llevaba el pelo blanco recogido con un tirante rodete, que le estiraba la piel de la cara hasta deformarle la mirada. Los ojos eran tan celestes que uno parecía poder ver a través de ellos cuando los miraba.
- Sí, señora. Nacido y criado- respondió
- Y está interesado en comprar la casa, ¿no es cierto?- preguntó. -Y llámeme Amara, por favor- dijo, mientras tomaba asiento en una de los sillones. Quedaron casi de lados opuestos de la sala, y Gastón tuvo la necesidad de alzar la voz al hablar.
- Sí, me interesaría hacerle una oferta… Amara- dijo vacilante. Ella no respondió. Lo miraba fijamente en silencio y, al cabo de unos instantes, Gastón comenzó a incomodarse. Así permanecieron: la mujer con la vista clavada en su visita y el muchacho frotándose las manos contra el pantalón, esforzándose en vano por mantenerse igual de tranquilo que ella.
- Verá, Gastón – dijo finalmente la mujer. - Es muy importante que usted entienda el valor sentimental que tiene este lugar para mí. Viví acá toda mi vida. Me es muy difícil desprenderme de esta casa, casi imposible.
- Sí, entiendo perfectamente.
- La historia que rodea la Villa Paradiso Perduto no se parece a ninguna otra. Acá vivieron mis antepasados durante cientos de años. Aquí nacieron y murieron todos. Esta casa fue testigo de tantos partos como muertes, de bodas, bautismos y velorios.
Gastón la miraba en silencio, cuando escuchó un sonido proveniente de la habitación contigua, como si algo arañara la madera de la puerta. Gastón se volvió hacia la mujer, en busca de alguna explicación. Ella sonrió y dijo:
- Es una casa vieja. La edificación es muy antigua y a veces se oyen ruidos- aclaró. El muchacho sonrió con desconfianza, y volvió su mirada hacia la puerta, mientras la mujer seguía hablando. – Estos muros han visto muchas cosas, cosas que usted no imaginaría. De hecho, acá, en este mismo lugar en el que conversamos, ocurrió el episodio más horrible y espantoso desde que construyeron la Villa- dijo bajando la vista.
El misterio que giraba en torno a cada elemento de esa casa, incluso de aquella mujer, le producían una intriga incontrolable. Siempre había sido un joven escéptico y pragmático, pero desde que había cruzado la puerta de entrada, parecía haber perdido toda desconfianza por lo que pudiera esperarle ahí dentro.
- ¿Qué pasó?- preguntó con una curiosidad que lo carcomía.
- Prefiero no entrar en detalles que seguramente no le interesan. A menos que así sea y que prefiera conocer la historia que vive entre estos muros viejos.
El muchacho se acomodó en el sofá y se esforzó por mantener la calma.
- Si este va a ser mi hogar en algún momento, preferiría que entre esta casa y yo no existieran secretos. Si a usted no le molesta, claro.
La mujer cerró los ojos y sonrió complacida. Entonces se levantó y se aproximó a la biblioteca. Tomó uno y, cuando lo hizo, una nube de polvo se apresuró a salir del rincón en el que estaba colocado. Era un libro grande y parecía pesarle. Lo abrió, y del interior extrajo una foto. Gastón se inclinó sobre el sofá, haciendo todo lo posible por husmear la foto que la mujer sostenía entre sus manos, aún de espaldas a él. Cuando se volteó de golpe, el muchacho se apresuró por componerse.
- Estos son mis hermanos: Lucio e Iris- dijo, mientras avanzaba por la sala hacia él. Extendió el brazo y le alcanzó la foto. Era la imagen de dos personas, de cara redonda y cuerpos robustos. Estaban sentadas con las palmas de las manos sobre sus rodillas. Gastón miró a su alrededor y reconoció la sala. Miró el sofá en el que estaba sentado y comprobó que era el mismo de la fotografía. – Eran gemelos – aclaró entonces. Gastón acercó la foto a su cara para ver mejor, y pudo corroborar un parecido sorprendente entre ambos.- Vivimos juntos desde que nuestros padres fallecieron, solos, los tres.
- Y, ¿qué les pasó?- preguntó entonces, sin quitar la vista de la imagen.
- Se suicidaron. Mutuamente- dijo la mujer con absoluta serenidad.
Gastón alzó la cabeza y la miró con asombro.
- Qué horror…- murmuró.
- Se arrancaron los ojos uno al otro, como cuervos salvajes- dijo en un suspiro. Gastón sintió que la piel se le erizaba, y notó que su rostro tenía una expresión de espanto y sorpresa que no podía disimular. – Así es. Así de siniestro.
Le entregó la fotografía, como en un ademán por evitar que el destino de aquellos gemelos rubios y grandotes los subsistiera. La mujer, visiblemente angustiada, la tomó y se aproximó hacia la biblioteca para guardarla nuevamente en el viejo libro.
- Lo lamento mucho- dijo Gastón casi en un murmullo.
- Gracias. Yo también. Ha sido difícil vivir sola desde entonces. Aún guardo los ojos de ambos. Si quiere, puedo mostrárselos- dijo sonriente mientras se volteaba hacia él. – Están bastante íntegros, teniendo en cuenta que el médico tuvo que sacarlos de sus estómagos a expreso pedido mío.- dijo con vivacidad. Gastón se llevó la mano a la boca y cerró los ojos. De sólo pensarlo, le causaba repulsión.
- No, gracias. Pero le agradezco el ofrecimiento. Quizás en otro momento- dijo, aún con los ojos cerrados y dando un suspiro profundo.
- Todavía sigue interesado en comprar la casa, ¿no es verdad?- lo interrogó la mujer. Gastón la miró pasmado.
- Sí, por supuesto- dijo, en un esfuerzo por sonar convincente, mientras sentía el estómago se le revolvía y que un frío le subía por la espalda.
- Lo que debo advertirle es que mis hermanos no se resignan a vender la casa como en mi caso – dijo, mientras esbozaba una sonrisa siniestra y aterradora. Gastón la miró confundido.
- Pero entendí…
- Nada de lo que hice durante todos estos años para sacarlos, ni siquiera un exorcismo, logró que sus espíritus abandonaran estos muros.
Gastón la miró horrorizado. Todo en esa casa le parecía sencillamente espeluznante.
- Entiendo- dijo el muchacho mientras sacaba del bolsillo de su pantalón un pañuelo para secarse el sudor que comenzaba a brotar por su frente. Lentamente se puso de pie y se acomodó el saco. – Tengo un compromiso y ya debería irme. Si le parece, paso otro día y conversamos con más tiempo.
Justo en ese momento, volvió a sentir un ruido que provenía de la habitación contigua. Gastón vio girar la manija de la puerta. Se volteó para mirar a la mujer que permanecía de pie junto a la enorme biblioteca, y que parecía tan asustada y confundida como él. Cuando la puerta se abrió, Gastón pudo ver dos personas robustas, de tez blanca y cara redonda, entrar a la habitación. Entonces, los reconoció. Su horror fue aún mayor cuando notó que ambos tenían la mirada cristalina. Se volteó nuevamente a mirar a la mujer, que con la mirada llena de espanto y la boca entreabierta, miraba a los recién llegados. Cuando la pareja de ancianos percibió la presencia de un extraño, se sonrieron y, mientras tanteaban el aire con las manos, dijeron:
- Gastón, ¿sos vos?
El muchacho retrocedió torpemente hasta caer sobre el sillón. Se apresuró a ponerse puso de pie y, con la mirada clavada en los gemelos que avanzaban lentamente hacia él, corrió a toda velocidad hasta atravesar la puerta de entrada y desaparecer a la luz del día. La pareja de hermanos permanecía expectante y absorta ante la aparente huída de su visita.
- ¿Qué pasó? ¿Era él o no?- preguntó el hombre.
- No sé, supongo que sí. ¿Quién más sino? La de la inmobiliaria me dijo que iba a venir un tal Gastón a ver la casa
- Qué raro. Ni que fuéramos fantasmas…
En ese instante, Amara sonrió llena de satisfacción, se llevó las manos al pecho y se volteó, mientras su figura se desvanecía entre la gigantesca biblioteca.
Un precario cartel de venta estaba colgado desde hacía varios meses junto al portón, pero, por algún motivo, la casa resultaba invendible. Ningún habitante de Punta Alta mostraba interés en adquirirla. Sin embargo, todos reconocían la belleza que había reinado detrás de aquel oxidado portón de hierro torneado, en las buenas épocas de la familia Paradiso, antes de que las hiedras se apoderaran de los muros blancos y de que las malezas invadieran cada rincón del frondoso jardín. Fue incluso antes de que las puertas y ventanas se cerraran para siempre y de que no se viera nunca más entrar o salir a alguien de allí.
Pero Gastón no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad de comprarla por culpa de rumores infundados. Para él, valía la pena visitarla. Y si, efectivamente algo fuera de lo normal pasaba en esa casa, lejos de causarle desinterés, eso lo aumentaba. Así que, mientras tomaba asiento en el gigantesco sofá, sonrió al recordar las palabras de su hermana menor
- Ahí no vive nadie. Ya están todos muertos. Lo único que vas a encontrar cuando entres son los esqueletos que todavía nadie se animó a sacar.
Gastón permanecía en silencio, observando la enorme sala. La gran araña que pendía del altísimo techo no alcanzaba a iluminar el amplio ambiente, y la penumbra se hacía mayor debido a que la única ventana que daba al exterior estaba completamente tapiada. En la sala había una monumental biblioteca plagada de libros viejos. Los pocos y viejos muebles que había estaban desplegados a una pronunciada distancia uno del otro, como en un afán por abarcar con ellos la totalidad de la sala. De la boiserie de las paredes colgaban enormes marcos dorados a la hoja. El muchacho se inclinó y entrecerró los ojos para divisar las imágenes, pero se sorprendió al comprobar que los cuadros estaban vacíos.
- Dígame, entonces. ¿Usted también es de acá?- lo interrumpió su anfitriona. Llevaba el pelo blanco recogido con un tirante rodete, que le estiraba la piel de la cara hasta deformarle la mirada. Los ojos eran tan celestes que uno parecía poder ver a través de ellos cuando los miraba.
- Sí, señora. Nacido y criado- respondió
- Y está interesado en comprar la casa, ¿no es cierto?- preguntó. -Y llámeme Amara, por favor- dijo, mientras tomaba asiento en una de los sillones. Quedaron casi de lados opuestos de la sala, y Gastón tuvo la necesidad de alzar la voz al hablar.
- Sí, me interesaría hacerle una oferta… Amara- dijo vacilante. Ella no respondió. Lo miraba fijamente en silencio y, al cabo de unos instantes, Gastón comenzó a incomodarse. Así permanecieron: la mujer con la vista clavada en su visita y el muchacho frotándose las manos contra el pantalón, esforzándose en vano por mantenerse igual de tranquilo que ella.
- Verá, Gastón – dijo finalmente la mujer. - Es muy importante que usted entienda el valor sentimental que tiene este lugar para mí. Viví acá toda mi vida. Me es muy difícil desprenderme de esta casa, casi imposible.
- Sí, entiendo perfectamente.
- La historia que rodea la Villa Paradiso Perduto no se parece a ninguna otra. Acá vivieron mis antepasados durante cientos de años. Aquí nacieron y murieron todos. Esta casa fue testigo de tantos partos como muertes, de bodas, bautismos y velorios.
Gastón la miraba en silencio, cuando escuchó un sonido proveniente de la habitación contigua, como si algo arañara la madera de la puerta. Gastón se volvió hacia la mujer, en busca de alguna explicación. Ella sonrió y dijo:
- Es una casa vieja. La edificación es muy antigua y a veces se oyen ruidos- aclaró. El muchacho sonrió con desconfianza, y volvió su mirada hacia la puerta, mientras la mujer seguía hablando. – Estos muros han visto muchas cosas, cosas que usted no imaginaría. De hecho, acá, en este mismo lugar en el que conversamos, ocurrió el episodio más horrible y espantoso desde que construyeron la Villa- dijo bajando la vista.
El misterio que giraba en torno a cada elemento de esa casa, incluso de aquella mujer, le producían una intriga incontrolable. Siempre había sido un joven escéptico y pragmático, pero desde que había cruzado la puerta de entrada, parecía haber perdido toda desconfianza por lo que pudiera esperarle ahí dentro.
- ¿Qué pasó?- preguntó con una curiosidad que lo carcomía.
- Prefiero no entrar en detalles que seguramente no le interesan. A menos que así sea y que prefiera conocer la historia que vive entre estos muros viejos.
El muchacho se acomodó en el sofá y se esforzó por mantener la calma.
- Si este va a ser mi hogar en algún momento, preferiría que entre esta casa y yo no existieran secretos. Si a usted no le molesta, claro.
La mujer cerró los ojos y sonrió complacida. Entonces se levantó y se aproximó a la biblioteca. Tomó uno y, cuando lo hizo, una nube de polvo se apresuró a salir del rincón en el que estaba colocado. Era un libro grande y parecía pesarle. Lo abrió, y del interior extrajo una foto. Gastón se inclinó sobre el sofá, haciendo todo lo posible por husmear la foto que la mujer sostenía entre sus manos, aún de espaldas a él. Cuando se volteó de golpe, el muchacho se apresuró por componerse.
- Estos son mis hermanos: Lucio e Iris- dijo, mientras avanzaba por la sala hacia él. Extendió el brazo y le alcanzó la foto. Era la imagen de dos personas, de cara redonda y cuerpos robustos. Estaban sentadas con las palmas de las manos sobre sus rodillas. Gastón miró a su alrededor y reconoció la sala. Miró el sofá en el que estaba sentado y comprobó que era el mismo de la fotografía. – Eran gemelos – aclaró entonces. Gastón acercó la foto a su cara para ver mejor, y pudo corroborar un parecido sorprendente entre ambos.- Vivimos juntos desde que nuestros padres fallecieron, solos, los tres.
- Y, ¿qué les pasó?- preguntó entonces, sin quitar la vista de la imagen.
- Se suicidaron. Mutuamente- dijo la mujer con absoluta serenidad.
Gastón alzó la cabeza y la miró con asombro.
- Qué horror…- murmuró.
- Se arrancaron los ojos uno al otro, como cuervos salvajes- dijo en un suspiro. Gastón sintió que la piel se le erizaba, y notó que su rostro tenía una expresión de espanto y sorpresa que no podía disimular. – Así es. Así de siniestro.
Le entregó la fotografía, como en un ademán por evitar que el destino de aquellos gemelos rubios y grandotes los subsistiera. La mujer, visiblemente angustiada, la tomó y se aproximó hacia la biblioteca para guardarla nuevamente en el viejo libro.
- Lo lamento mucho- dijo Gastón casi en un murmullo.
- Gracias. Yo también. Ha sido difícil vivir sola desde entonces. Aún guardo los ojos de ambos. Si quiere, puedo mostrárselos- dijo sonriente mientras se volteaba hacia él. – Están bastante íntegros, teniendo en cuenta que el médico tuvo que sacarlos de sus estómagos a expreso pedido mío.- dijo con vivacidad. Gastón se llevó la mano a la boca y cerró los ojos. De sólo pensarlo, le causaba repulsión.
- No, gracias. Pero le agradezco el ofrecimiento. Quizás en otro momento- dijo, aún con los ojos cerrados y dando un suspiro profundo.
- Todavía sigue interesado en comprar la casa, ¿no es verdad?- lo interrogó la mujer. Gastón la miró pasmado.
- Sí, por supuesto- dijo, en un esfuerzo por sonar convincente, mientras sentía el estómago se le revolvía y que un frío le subía por la espalda.
- Lo que debo advertirle es que mis hermanos no se resignan a vender la casa como en mi caso – dijo, mientras esbozaba una sonrisa siniestra y aterradora. Gastón la miró confundido.
- Pero entendí…
- Nada de lo que hice durante todos estos años para sacarlos, ni siquiera un exorcismo, logró que sus espíritus abandonaran estos muros.
Gastón la miró horrorizado. Todo en esa casa le parecía sencillamente espeluznante.
- Entiendo- dijo el muchacho mientras sacaba del bolsillo de su pantalón un pañuelo para secarse el sudor que comenzaba a brotar por su frente. Lentamente se puso de pie y se acomodó el saco. – Tengo un compromiso y ya debería irme. Si le parece, paso otro día y conversamos con más tiempo.
Justo en ese momento, volvió a sentir un ruido que provenía de la habitación contigua. Gastón vio girar la manija de la puerta. Se volteó para mirar a la mujer que permanecía de pie junto a la enorme biblioteca, y que parecía tan asustada y confundida como él. Cuando la puerta se abrió, Gastón pudo ver dos personas robustas, de tez blanca y cara redonda, entrar a la habitación. Entonces, los reconoció. Su horror fue aún mayor cuando notó que ambos tenían la mirada cristalina. Se volteó nuevamente a mirar a la mujer, que con la mirada llena de espanto y la boca entreabierta, miraba a los recién llegados. Cuando la pareja de ancianos percibió la presencia de un extraño, se sonrieron y, mientras tanteaban el aire con las manos, dijeron:
- Gastón, ¿sos vos?
El muchacho retrocedió torpemente hasta caer sobre el sillón. Se apresuró a ponerse puso de pie y, con la mirada clavada en los gemelos que avanzaban lentamente hacia él, corrió a toda velocidad hasta atravesar la puerta de entrada y desaparecer a la luz del día. La pareja de hermanos permanecía expectante y absorta ante la aparente huída de su visita.
- ¿Qué pasó? ¿Era él o no?- preguntó el hombre.
- No sé, supongo que sí. ¿Quién más sino? La de la inmobiliaria me dijo que iba a venir un tal Gastón a ver la casa
- Qué raro. Ni que fuéramos fantasmas…
En ese instante, Amara sonrió llena de satisfacción, se llevó las manos al pecho y se volteó, mientras su figura se desvanecía entre la gigantesca biblioteca.

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