jueves, 30 de abril de 2009

Ella, yo

Ahora sí no hay deudas. Ahora sí hay empate. En esa mirada inconmovible, en ese cuerpo complacido por el acto, y en las ásperas gotas de sangre que marcan puntos por toda la piel, está el encanto de la venganza. El punzón se movió como una extensión de la propia mano. Se clavó veintidós veces en la carne. Veintidós, por los años perdidos.

No hay remedio más efectivo para la traición que el descubrirla. Las disculpas y los arrepentimientos aparecieron de manera compulsiva, ¿no es cierto? Vos lo sabes bien, mientras permanecés de espaldas a la cama, agitada y llena de sudor. Ahora sí desaparecieron las sospechas, las incógnitas y el revolver todos los bolsillos en busca de una razón.

Mirala, admirala, a la que hasta hace unos minutos era la espectadora herida por la pasión de los amantes, y que ahora disfruta en silencio. Si pudieras ver sin intermediarios lo que hay detrás. Él está sereno. Es la calma que viene con la muerte. Ya no grita. Lo malo no fue que otra lo quisiera para ella, ¿no es verdad? La tortura fue corroborar que él no puso resistencia. Se entregó entero, sediento y hechizado. Esa fue su condena. Y la amante, que se entrometía sigilosa y pacientemente en el medio, está irreconocible. Ella, presumida y codiciosa, se creyó invulnerable. Lo creyó propio. ¡Tonta! Nunca más ajeno. Se profesó cómplice y aliada, y pagó con lo más caro.

No te vayas. Disfrutá de los segundos posteriores. Son exquisitos. El crimen no existe hasta que se descubre. Todavía sos inocente.

Mirala, admirala. Es la nueva triunfadora. El espejo no miente.

No hay comentarios: