Escribo luego de leer la columna de Cristina Miguens sobre la importancia de la educación. Lo primero que recordé fue a un chico de unos 14 años que, como no tenía recursos para comprar sus útiles escolares, decidió vender sus patos y poder así comenzar el año lectivo. Su padre aseguraba estar orgulloso de su hijo y, con lágrimas en los ojos, alegaba que, pese a considerar que su trabajo era "digno" (era cartonero, si mal no recuerdo), esperaba algo mucho mejor para su muchacho. Mientras veía esto por televisión, mi hijo de 6 años estaba atónito. Se dio vuelta, confundido, y me preguntó: "Mamá, ¿no había nadie que pudiera comprarle los útiles para que no tuviera que vender sus patitos?".
Algo tan simple, ¿por qué parece tan complicado? ¿Por qué es tan difícil que todos los chicos de nuestro país tengan acceso a los materiales escolares básicos? Estado y sociedad debemos acompañar el crecimiento y la educación de nuestros niños. ¿A quién no le sobra un bloc de hojas, algunos lápices y alguna que otra cartuchera vieja que ya quedó sepultada en algún cajón? Esas cosas, que nos parecen tan cotidianas, tienen un valor incalculable para alguien como este joven de 14 años, que se desprendió de lo que más quería en el mundo, para poder hacer uso de su derecho a recibir una educación.
No puedo dejar de citar a Anne Robert Jacques Turgot: "El principio de la educación es predicar con el ejemplo".
Pareciera que este joven y su padre bien lo han hecho... ¿No lo creen?

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